jueves, 18 de julio de 2013

Relato: Momentos II




Estar sola y sentirse sola son dos cosas completamente distintas. Claudia no estaba sola. Tenía padres, tenía hermanos, tenía amigos… incluso tenía un medio novio que a veces se quedaba a dormir con ella. Nada serio, por lo menos de momento, pero ahí estaba, con sus anchos hombros, un buen lugar en el que apoyarse en los malos momentos. Claudia tenia mucha gente a su alrededor, sí.

Y sin embargo se sentía sola. Si le hubieses preguntado no habría sabido explicarte por qué; no había motivo ni razón para tener ese enorme agujero en el estómago que parecía engullir toda la felicidad que era capaz de conseguir, ni para que se le cerrara la garganta cada vez que abría la puerta para entrar en el pequeño apartamento donde vivía. No tenía por qué tener esas extrañas ganas de llorar abrazada a la almohada, deseando algo que no estaba allí y que ni siquiera sabía qué era.

Fue al médico, por supuesto, y cada día se tomaba muy obedientemente los antidepresivos que le recetó, pero no llenaron el vacío que había invadido su alma.

La tristeza se fue apoderando poco a poco de Claudia aunque lograba disimularlo ante los demás riendo más que nunca; no quería tener que dar explicaciones a nadie, porque tampoco sabría qué decir.

Pero una noche todo cambió.

Su apartamento estaba en el séptimo piso de un edificio de la calle Velázquez, justo enfrente del campanario de la catedral. El único paisaje que veía desde sus ventanas eran el frío muro de piedra y la hilera de gárgolas que lo custodiaban. Nadie podía mirarla desde allí y sin embargo, esa noche sintió, por primera vez, unos ojos observándola atentamente a través de la ventana del baño.

Claudia acababa de salir de la ducha. Era verano, hacía calor y el vapor del agua caliente se había acumulado. Abrió la ventana para airear el cuarto de baño: al fin y al cabo, nadie podía verla. Por eso se sorprendió cuando notó unos ojos fijos en su cuerpo desnudo, recorriéndolo con avidez… Casi pudo sentir físicamente las caricias de esa mirada desconocida.

Cerró la ventana de un golpe, sintiéndose ultrajada. ¿Quién se atrevía a mirarla así? Pero sin querer, la idea que un desconocido la mirara de esa forma la excitó. Su corazón se aceleró y por primera vez en mucho tiempo, esa terrible sensación en su estómago desapareció para dejar paso a otra más agradable y placentera.

Claudia volvió a abrir la ventana y se apartó para que todo su cuerpo quedara a la vista del extraño, sintiendo como la excitación crecía al notar de nuevo esos ojos penetrantes acariciándola, recorriendo su cuerpo con ansia desmedida. Casi podía percibir el hambre que la motivaba, hambre de caricias, de abrazos, de momentos compartidos… unos ojos que pertenecían a alguien que estaba tan solo como ella… ¿Quién sería? ¿Dónde estaría escondido? Pero lo cierto era que no importaba, que daba igual. Fuese quién fuese, no era más que unos ojos intensos y con eso, ella tenía suficiente.

Y empezó su ritual, secarse con la ventana abierta para que aquel extraño pudiese verla mientras extendía la crema hidratante, para que se excitase como ella mientras recorría su propio cuerpo con las manos, imaginándose que era él quien la acariciaba, pensando que quizá él también estuviese sintiendo lo mismo que ella… Y cada noche, desde aquella noche, abría la ventana cuando salía de la ducha y dejaba que él la acariciase y la poseyera sólo con su mirada…



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