jueves, 13 de febrero de 2014

Relato: Ruth ya no es una niña II

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Jason estaba limpiando las lecheras pero tenia la cabeza en otro lugar. Seguía pensando en Ruth. Mañana cumpliría dieciséis años y él se sentía desgraciado por eso. Pronto vestiría como una mujer adulta y lo que él ya sabía por haberla visto en camisón y con el pelo suelto rondando por la casa, será evidente para todos los del pueblo: que ya no es una niña y que se ha convertido en una mujer muy hermosa. Le saldrán pretendientes de debajo las piedras, aunque su dote sea escasa. Se estremeció al pensar que podía acabar en brazos de alguien como Tomás, el hijo del actual herrero, un baboso desconsiderado que miraba a las mujeres como si fuesen ganado. Pero él no podía hacer nada al respecto, no tenia ningún derecho. Ni derecho ni nada. Había llegado a aquella casa con una mano delante y otra detrás y así seguía. Muchas veces había pensado en irse, había lugares donde un hombre bien dispuesto como él podía hacer fortuna. Se había imaginado volviendo al cabo de unos años con los bolsillos llenos de oro, un hombre rico que regresa al hogar. Pero el sueño se malogra cuando descubre la granja abandonada y nadie es capaz de darle razón del paradero de Ruth.


         No puede irse, no mientras las dos mujeres sigan solas. Si Sofía volviese a casarse, él quedaría libre y podría marcharse, pero la viuda de Mauro había dejado muy claro que eso no entraba en sus planes.

         ¡Maldita sea! ¡Aggggh! Se mesó el cabello, desesperado. No sabía que hacer, porque no podía hacer nada. Dejar de amar a Ruth, si acaso, pero ¿cómo? ¿Cómo, Dios santo? Si la tenía metida tan adentro que sólo pensar en la posibilidad de alejarse de ella, de perderla, se le encogía el estómago y los pulmones se le cerraban, haciendo que le faltara el aire y el corazón le dolía como si se lo atravesaran con una aguja muy larga.

         ¿Por qué todo se había complicado tanto?

         Aquella noche no durmió y antes del amanecer ya estaba en el establo, ordeñando las vacas antes que empezaran a mugir. Cuando Sofía se levantase, ya se encontraría las lecheras llenas.

         Cuando terminó, sacó de su escondite el regalo que le había preparado a Ruth. Era una cajita de madera de roble, del tamaño de su mano, en cuya tapa había tallado una rosa —a Ruth le encantaban las rosas—. Después, en la ebanistería de Soran, la había barnizado. Dentro, los ágiles dedos de Jason montaron un pequeño mecanismo que, cuando la tapa de la caja se abría, empezaba a girar y a producir notas musicales. Una fina y delicada caja de música hecha con sus propias manos. Cuando la terminó, le pareció la cosa más bonita del mundo, pero ahora, dado su estado de ánimo totalmente derruido, le parecía fea y tonta. No le gustaría. Pero no tenía nada más. Así que volvió a guardarla hasta después de comer, momento en que Sofía sacaría el pastel y ambos le darían sus regalos.

         La mañana transcurrió tranquila, cada uno ocupado en sus propios quehaceres. Una granja, aunque sea pequeña, tiene multitud de obligaciones que cumplir y no pueden ser descuidadas ni siquiera en días tan especiales como el dieciséis aniversario de una muchachita bien bella.

         Sofía mató un pollo y lo cocinó guisado con patatas, cebolla, zanahoria, tomate y una ramita de tomillo. También hubo pan blanco recién horneado —un lujo— y vino aguado —no era cuestión de emborracharse—. Jason estuvo muy amable con ella, casi como antes, aunque había momentos en que se quedaba muy serio, mirándola. Sofía había hablado con él un momento por la mañana, mientras enganchaba la mula al carro, antes de irse al pueblo con las lecheras.

         —No seas tan huraño con Ruth, Jason— le dijo como de pasada—. Comprendo que ya eres un hombre y que no debes comportarte como antes con ella, pero eso no quiere decir que no puedas sonreírle de vez en cuando, ¿de acuerdo, cariño? ¿Harás eso por mí?

         Jason estuvo a punto de confesar, sintiéndose como un criminal, como si hubiese hecho algo malo, pero no pudo. ¿Cómo se tomaría Sofía el que estuviese enamorado de Ruth? ¿Lo aprobaría? ¿O pensaría que es poca cosa para ella? Un don nadie... Siempre lo había tratado como a un  hijo y él la respetaba por su buen corazón, pero Ruth era su auténtica hija. Tuvo miedo de perder lo único que tenía, su familia.  Si a Sofía no le hacía gracia la idea, probablemente le pediría que se fuera. Estaba hecho un lío: por un lado le gustaría poder salir huyendo, pero por otro le aterraba la idea que Sofía le echase. Al final asintió con la cabeza, sonrió y le dijo:

         —No te preocupes. Seré amable con ella.

         Y así fue. Sonrió, habló, bromeó... casi cómo antes. Ruth se sintió feliz. Cuando su madre puso el pastel sobre la mesa aplaudió y se rió como cuando era una niña. Comieron el pastel, de manzana y nueces, y después le entregaron los regalos.
         Sofía le entregó un hermoso vestido... de mujer. Era de terciopelo, rojo granate, ribeteado en negro, con las mangas en forma de lirio invertido; tenía un escote cuadrado y alrededor de la cintura, había lirios bordados en hilo de oro.

         —¡Mamá! ¡Es fantástico! ¡Qué hermoso! ¿De dónde lo has sacado?

         —Eso no importa, cariño. Anda, póntelo.

         Sofía sonrió, recordando. Mauro le había regalado ese vestido al poco de casarse, para que lo luciera en la primera Fiesta de la Primavera que disfrutaron como marido y mujer. Fue en esa fiesta que engendraron a Ruth, así que creía que era lógico que ahora lo tuviese ella.

         Ruth corrió la cortina que separaba su cama del resto de la casa y empezó a quitarse ese estúpido vestido de niña para ponerse esta maravilla de terciopelo. Era suave, y hermoso, y seguro que cuando Jason  la viera con él, se quedaría embobado y no pensaría más en ella como en una niña. Sofía se levantó aun con la sonrisa en los labios y fue a ayudarla. Le ató bien los cordones de la espalda y le cepilló el pelo.

         Jason volvía a estar desesperado. Al lado de aquel vestido, su cajita de música le parecería insulsa y poca cosa. Tuvo ganas de romperla, pero si lo hacía sus estúpidas y callosas manos quedarían vacías, sin regalo para Ruth. No tenia más remedio que conformarse.

         La cortina se abrió y apareció Ruth con su nuevo vestido.

         —¿Que te parece, Jason?— le dijo Sofía—. Mi niña ya es toda una mujer.

         Y lo era. Ya lo creo que lo era. Más que hermosa, estaba radiante. Su piel morena, como su padre, parecía brillar en contraste con el vestido. Jason se levantó de golpe al verla, la boca abierta, embobado, y la caja de música en sus manos.

         —¿Te gusta?— le preguntó Ruth girando sobre sí misma. Jason asintió sin poder hablar aún. Su corazón galopaba desbocado y tenía una extraña sensación de mareo detrás de los ojos—. ¿Qué tienes entre las manos?

         De repente volvió a ser consciente de sí mismo. Se miró las manos, apenado y ridículo por culpa de esa estúpida caja. ¿Por qué pensó que podría gustarle? Esto es un regalo para una niña, no para una mujer.

         —Yo... hice... hice esto para ti—, balbuceó.

         Ruth la cogió y sus ojos brillaron de alegría. ¿Podría ser que le gustase?

         —Ábrela.

         Ella le hizo caso y la música empezó a sonar. Era la melodía de una canción triste, que hablaba del amor no correspondido que sentía un hombre mortal por la luna eterna. Acarició la caja, feliz, y una lágrima asomó en uno de sus ojos.

         —Me gusta mucho. Gracias, Jason.

         Y le abrazó, ante la divertida mirada de Sofía. ¡Ay, la juventud! ¡Cuánto tiempo perdido por culpa de las dudas y los miedos! Si supiéramos lo rápido que pasan los años, no nos andaríamos con tantas tonterías.

         —Voy a salir— les dijo de pronto—. Cesca Pradoverde me ha pedido que me pase por su casa por no sé qué asunto. ¿Puedes ensillarme la mula, Jason?

         —¡Oh, mamá!— dijo Ruth algo decepcionada, separándose de Jason—. ¿De veras tienes que ir?

         —Si, cariño. Lo siento. Vamos, Jason, ¿a qué esperas?



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