jueves, 20 de febrero de 2014

Relato: Ruth ya no es una niña III




Jason salió de la casa con el cuerpo agarrotado. ¡Dios! Tenerla entre sus brazos había sido como abrazar la luna, un sueño. Y con ese vestido... Se estremeció solo de pensar en la suavidad de su piel y el perfume de su pelo... Tendría que mantenerse alejado de ella el resto de la tarde, pero se moría de ganas de volver a abrazarla.

         Cuando Jason las dejó solas, Sofía abrazó muy fuerte a su hija.

         —¿Le quieres mucho, verdad?— le preguntó. Ruth se ruborizó y no contestó—. Si le quieres, ve a por él.

         —¡Mamá!


         —Cariño, los hombres a veces, además de tontos, son ciegos. Él está loquito por ti, pero no se atreve a dar el primer paso. ¡A saber qué tonterías pasarán por su cabeza! Hazme caso, si le quieres de verdad, díselo. Tenéis mi bendición—. Las lágrimas fluyeron por el rostro de Ruth; eran de alegría y agradecimiento por tener una madre tan estupenda—. Y ahora me voy, que Cesca me está esperando. Hasta la noche, cariño.

         —Hasta la noche, mamá.

         Jason ya tenía la mula preparada cuando Sofía salió de la casa. Montó, agarró fuerte las riendas y, antes de irse, le dijo a Jason, muy seria:

         —Ni se te ocurra correr a esconderte cuando yo me haya ido. Ruth quiere hablar contigo de algo muy importante, así que entra en la casa.

         Jason asintió. De pronto volvió a sentirse como cuando era niño y Sofía lo reñía por haber hecho alguna trastada. Entró en la casa sin atreverse a replicar. Sofía sonrió, satisfecha. Si hoy no se aclara todo entre estos dos, pensó, no se aclarará nunca. Recordaba como si fuese ayer la primera vez que Mauro y ella habían hecho el amor; Sofía, cansada de esperar que aquel muchachote grande y fuerte se decidiese, había trazado un plan. Salió bien y estuvieron juntos hasta que lo mataron. De repente se sintió terriblemente sola. Quizá Ruth tenía razón y debía buscar un hombre que le calentase los pies por la noche...

         Ruth estaba sentada con sus manos en el regazo, mirándoselas, cuando Jason entró. Son feas, pensaba, y están llenas de callos. No son las manos de una mujer bonita. ¡Tengo tanto miedo!

         —Tu madre me ha dado dicho que quieres hablar conmigo—; la voz de Jason apenas fue un susurro. Tenía el estómago encogido y el corazón en un puño. ¿Que pasaba? ¿Por qué Ruth tiene los ojos enrojecidos de llorar? Tuvo miedo.

         —¿Crees que soy bonita, Jason?

         La pregunta lo cogió por sorpresa y al principio dudó; no supo qué decir. La duda en los ojos de él hizo encoger el corazón de Ruth.

         —Si no lo soy puedes decírmelo.

         —Eres muy hermosa—. ¿A qué venía eso? ¿A donde quería llegar?

         —¿Y crees que puedo enamorar a cualquiera?

         Fue como una cuchillada. ¿A cualquiera? ¿De quién estaba hablando? No, no, no, no. Esto no me gusta. No me gusta nada.

         —¿A quién quieres enamorar?—. Su voz sonó fría, glacial. Se estaba preparando para lo peor; Ruth se había enamorado de otro, seguro, pero ¿de quién? Lo mataría si la hacía sufrir, maldito fuera.

         —A ti—, dijo Ruth.

         Las palabras penetraron poco a poco en la comprensión de Jason. A ti. Tres letras que derrumbaban con la fuerza de un huracán todas sus dudas. A ti. Dos pequeñas palabras, frágiles como una amapola, suaves como el terciopelo de su vestido, y que sin embargo dieron a su corazón la fuerza de cien toros. A ti. A mí. Me quiere a mí...

         Se acercó a ella. Ruth seguía sentada en la silla. Había bajado la vista, avergonzada y llena de temor. Jason se arrodilló, le cogió las manos y se las besó, primero una, después la otra, y hundió la cara en su regazo, agarrándose con fuerza a su falda. Las lágrimas pugnaron por salir de sus ojos pero luchó para impedírselo. ¡Qué pensaría de él si lo viese llorar!

         —A mí ya me tienes, Ruth— susurró con la voz entrecortada.

         Ruth le acarició el pelo, largo y rubio. El corazón le latía como el galope de un caballo. ¿Por qué no la besaba? Enlazó sus manos con las de él, dedo con dedo, palma con palma. Jason levantó la cabeza y la miró directamente a los ojos. Había empezado a llorar sin poder evitarlo y las lágrimas resbalaban por sus mejillas de hombre. Ruth acercó su rostro al de él, ofreciéndole sus labios entreabiertos, invitando a profanarlos con sus besos.

         Se besaron. Sus labios se unieron con timidez buscando cada uno la vida en el otro, suavemente, como si temiesen que la magia del momento, con las prisas, pudiera romperse. Sus lenguas jugaron en la boca del otro, bebiéndose ese instante de felicidad.

         Se separaron, sorprendidos y un poco aturdidos, no sabiendo muy bien qué hacer a continuación, pero sintiendo en su cuerpo esa presión que provoca el deseo.

         —¿Y Sofía? ¿Qué dirá?

         —Tenemos su bendición.

         Tanta felicidad no podía ser posible. Se levantaron sin soltar sus manos, y se quedaron de pie, el uno frente al otro, mirándose, asustados del momento. Ruth soltó sus manos y se colgó de su cuello. ¡Era tan alto! Él volvió a besarla, en la boca primero, para ir bajando poco a poco, beso a beso, por el cuello hasta el nacimiento de sus senos, esa fantástica parte de su cuerpo que dejaba a la vista el vestido de mujer. Ruth pasó las manos entre los cabellos de Jason, alborotándoselos. Su corazón estaba tan acelerado que creía que se le saldría del pecho.

         —Debemos parar ahora— dijo él separándose de Ruth—, antes que no pueda.

         —No quiero que pares. Quiero llegar hasta el final—. Ruth habló en susurros, entrecortadamente, aferrándose a él con las palabras.

         —¿Estás segura?

         Ruth asintió con la cabeza y se dio la vuelta, quedando de espaldas a él.

         —Ayúdame con el vestido.

         Deshizo los lazos y tiró de las cintas. Sus manos temblaban de emoción e impaciencia. No podía creerlo. Para él, se estaba obrando un milagro. El vestido cayó al suelo y la espalda de Ruth apareció ante su vista. Sin darle la vuelta, la abrazó por la cintura y le besó en el cuello. Sus pechos tenían la firmeza de los dieciséis años y eran suaves; los acarició con las dos manos mientras ella gemía de placer, totalmente abandonada a aquel momento de felicidad perfecta. Buscó el lazo de sus enaguas y lo deshizo, dejando que cayeran al suelo y le bajó los calzones con sus manos, dejando un reguero de besos por toda su espalda, hasta llegar a sus nalgas desnudas, que acarició con manos y labios mientras ella seguía gimiendo.

         Se levantó y se quitó la camisa. Hizo que ella se girara y volvió a besarla en la boca. El deseo contenido estaba siendo liberado y él tenia que hacer auténticos esfuerzos para ir despacio porque su sed de ella era tan grande que si se dejaba llevar podría hacerle daño y no se lo perdonaría nunca. Ella era virgen aún y no  podía permitir que su primera experiencia resultara un mal recuerdo. Le besó los pechos y jugó con sus pezones, acariciándolos con su lengua, primero uno y después el otro,  chupándolos con delicadeza. Ella estaba cada vez más excitada; lo notaba en su respiración, en sus gemidos, en sus músculos tensionados... Volvió a besarla en la boca mientras la abrazaba apretándola contra su cuerpo. Sus labios eran tan dulces...

         Ella se estremeció al notar entre sus muslos el pene de Jason en plena erección y deseó sentirlo en su interior. Él la cogió en sus brazos y la llevó hasta la cama, donde la dejó para poder quitarse la ropa que le quedaba. Se acomodó a su lado, apretaditos en esa cama pequeña, y hundió la mano entre los muslos de Ruth, acariciándole el clítoris con delicadeza. Sus gemidos se incrementaron y mientras, él la miraba extasiado.


         Volvió a besar y lamer sus pechos sin dejar que su mano saliera de su sexo; jugueteó con sus dedos dentro de ella, preparándola para lo que vendría a continuación. Se puso encima de ella y Ruth abrió sus piernas recibiendo en su interior la lanza de Jason, que la hizo gritar de placer y alegría mientras él se esforzaba por complacerla, resistiendo el envite del orgasmo que quería ser liberado. Aguantó mientras ella le clavaba las uñas en su espalda y sus bocas volvían a encontrarse una y otra vez, con desesperación, mientras su pene cumplia con su trabajo rítmicamente, marcando el compás con sus gemidos, y cuando ella empezó a gritar y a empujar también con su pelvis, él supo que podia dejarse ir, y el orgasmo les llegó como agua de mayo, haciéndoles sentir que el resto del mundo era una alucinación y que lo único real eran ellos dos fundidos en uno, para siempre.

         Pero ese siempre se terminó y se quedaron abrazados durante un buen rato, sorprendidos por lo que acababan de hacer.

         —Ha sido maravilloso— dijo Ruth rompiendo el silencio.

         —Sí, y lo será más a medida que aprendamos.

         —La práctica hace al Maestro, como decía mi padre.

         Jason se rió, divertido.

         —No creo que lo dijera pensando en esto.

         La miró y en sus ojos vió un brillo que antes no estaba, como si haber hecho el amor le hubiese dado una visión distinta de las cosas. Estaba seguro que Ruth seguiría siendo maravillosa dentro de treinta años, porque su verdadera belleza estaba en su alma, y cuando los años y el duro trabajo de la granja estropeasen su piel y sus facciones, sus ojos seguirían irradiando la belleza que provenía de su alma e incluso cuando fuese una viejecita y estuviese rodeada de nietas jóvenes, seguiría siendo la más hermosa...

         —¿Quieres que sigamos practicando?

         Sus pezones contestaron por ella, poniéndose duros otra vez, y él subió la mano libre para pellizcarlos. La penetró de nuevo sin cambiar de postura, apretándola contra sí mientras ella gritaba.

         —¡Sí!¡Sí!¡No pares!¡Sí!¡Oh, Dios!

         Y empujó y empujó y empujó hasta que el orgasmo terminó y los dejó completamente agotados. Se durmieron, tapándose con las mantas, uno en brazos del otro, y así los encontró Sofía cuando volvió por la noche.

         Se casaron al cabo de seis meses, con la bendición de Sofía, y os aseguro que en ese tiempo, practicaron tanto que casi rozaban la maestría...

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