lunes, 13 de abril de 2015

Relato: Bajo la luz de la luna

Bajo la luz de la luna

Precuela Manada de Midtown.

Relato publicado en la segunda edición de La noche de la luna azul.




El día que Lony Bellamy puso los pies en Midtown por primera vez, lo hizo llevando un equipaje cargado de dolor y pérdida. Su padre, Rosh Bellamy, un cambiante pantera que durante su juventud había recorrido el mundo entero, hacía poco que había muerto en un aparatoso y estúpido accidente de tráfico, dejándolas a su madre, Rachel, y a ella, con el alma rota de dolor.


Intentaron seguir adelante en Nueva York, la ciudad que había sido su hogar hasta aquel momento. Cuando murió, Rosh era el propietario de una pequeña empresa de reformas y le iba bastante bien, así que ambas se aferraron a la idea de hacerse cargo de ella. Sabían que al principio iba a ser difícil y que no tendrían ayuda de nadie porque para la manada de Nueva York ellas dos eran menos que nada: una humana y una mestiza que nunca habían sido aceptadas en el seno de la comunidad y cuya presencia solo era consentida a causa de la reputación del que era marido y padre, respectivamente.


Fue un fracaso. La empresa no iba tan bien como Rosh les había hecho creer, y en los últimos meses antes de su muerte había acumulado demasiadas deudas, hasta el punto de tener que pedir un préstamo, poniendo como garantía la casa en la que vivían, para no perderla. Y a la semana de su muerte, la deuda fue reclamada.


Lony recordaba con total exactitud el día que fueron convocadas a la presencia del Alfa de Nueva York. Aquel hombre arrogante, el padre de Jackson, el muchacho al que había amado con todo su corazón cuando tenía dieciséis años, les reclamaba los doscientos mil dólares que su padre le debía, amenazándolas con desahuciarlas si no pagaban. Nunca podría olvidar el desprecio que destilaban sus ojos mientras las miraba, y el destello de satisfacción cuando su madre admitió entre lágrimas que no tenían ese dinero, ni manera alguna de conseguirlo.


Tuvieron que abandonar la casa y mudarse a un pequeño apartamento lleno de mugre, en un barrio poco recomendable. Rachel Bellamy se puso a trabajar limpiando oficinas durante la noche, y Lony se vio obligada a dejar la universidad en su último año de carrera para ponerse a servir mesas en un restaurante de mala muerte. Hasta que pasados unos meses, desesperada por el amargo futuro que las esperaba, su madre se tragó el orgullo e hizo lo que su marido le había dicho el mismo día que se casaron: «Si alguna vez tienes problemas y yo no estoy para ayudarte, acude a Jam Redfield».


Así fue como acabaron en Midtown, un pueblo perdido del Medio Oeste, hogar de la manada utópica, como la llamaba su padre; un pueblo rodeado de bosque por un lado, y de campos de cultivo por el otro; una pequeña ciudad en la que convivían pacíficamente humanos y toda clase de cambiantes, y donde ella, había dicho Rachel, no sería marginada por ser mestiza.


Lony no la creyó. Pensó que su madre lo decía para tranquilizarla y tranquilizarse, así que llegó a Midtown esperando ser recibida con malicia y rechazo. Pero todo cambió en el mismo instante en que Aidan Redfield, el hijo del Alfa, las recibió en la parada del autobús en que llegaron, con una sonrisa radiante que a ella le pareció más luminosa que el sol. Este hombre, alto y rubio, guapo como un dios griego, y con unos ojos verdes esmeralda que brillaban con picardía, la hizo sentir en casa desde el primer momento en que la miró.


Midtown era tan pequeño que encontrarse con Aidan cada vez que pisaba la calle, era inevitable; peor aún, su madre, al saber que sus padres, Jam y Sarah, estaban de viaje y que no tenía «quién cuidara de él», se empeñó en invitarlo a cenar cada noche. La excusa era demostrar el agradecimiento que sentían por haberlas acogido, pero Lony temía que Rachel había visto en sus ojos el inmediato interés que Aidan había despertado en ella en el mismo instante que le vio por primera vez.


Intentar emparejarlos era una locura, y Rachel debería saberlo. Aunque Midtown fuese tal y como su padre les había contado, Aidan era el hijo del Alfa, y ella una mestiza. Enamorarse de él sería volver a pasar por el mismo infierno que ha había vivido con Jackson, revivir otra ver la humillación de ser repudiada como algo que no valía nada.


El día que Jackson la dejó, su mundo se hizo trizas y se vio por primera vez en su vida como nunca antes lo había hecho: un monstruo, un error de la naturaleza, un ser de segunda categoría que no merecía estar en la misma habitación que los sangre pura. Las razones que Jackson le dio para dejarla, fueron que «su padre no aprobaba su relación a causa de la sangre humana que corría por sus venas, y por el hecho de ser, además, una pantera negra, un animal que no era más que un leopardo enfermo».


Aquello la destrozó. ¡Había estado tan orgullosa de su negro pelaje, que brillaba bajo la luna como un manto estrellado! Pero Jackson la había dejado por ello y se encontró odiándose a sí misma. Le costó mucho darse cuenta que no tenía nada por lo que avergonzarse, que su aspecto exterior y la sangre que corría por sus venas no eran cosas por las que debían juzgarla. Tuvo que crecer, dejar pasar un par de años y arroparse en el amor incondicional de sus padres, para tener la certeza que el problema no estaba en ella, sino en Jackson. Si él la hubiera amado de verdad no habría permitido que su padre se interpusiera entre ellos. Si la hubiese querido como ella a él, ninguna ambición habría estado por encima de su felicidad.


Aidan no era como Jackson, sobre eso no tenía ninguna duda; y si Jam fuese igual al Alfa de Nueva York, su padre no lo habría considerado su mejor amigo. Aun así, el dolor que había sentido estaba demasiado presente en su memoria como para arriesgarse de nuevo. Por eso intentaba no quedarse embobada mirándolo cuando estaban cerca y, desde luego, jamás coqueteaba con él como hacía con los otros.


Lo de coquetear con otros sabía que era una estupidez. Lo hacía porque a veces lo sorprendía mirándola fijamente, como si ella le interesara, y quería darle celos. En su desbordada imaginación lo veía perdiendo el sentido común y actuando como un verdadero cavernícola, llevándosela colgada de su hombro como un saco, de donde quiera que estuviesen. O ronroneando y acariciándola con el hocico cuando salían por las noches, en su forma de pantera, a corretear por el bosque. Este bosque en el que estaban ahora, bajo la luz de la luna.



Aidan la rondaba desde hacía días. Exactamente desde el mismo momento en que Lony llegó a la manada un mes atrás. Con veintitrés años, esta mujer pantera lo estaba volviendo loco. Había llegado con su madre para refugiarse en Midtown después que un trágico accidente hubiera matado a su padre. Rosh, el padre de Lony, había sido un buen amigo de la familia durante mucho tiempo y cuando su viuda le pidió refugio para ella y su hija, no pudo negarse, a pesar que realmente él nunca había llegado a conocer en persona al difunto. 


Aidan había crecido con las historias que le contaba su padre sobre sus aventuras con Rosh y Owen en África, donde se habían salvado la vida mutuamente muchas veces, y aunque el destino los había separado de él, el padre de Aidan seguía considerando a Rosh su mejor amigo.


La primera vez que Aidan vio a Lony, su madre y ella acababan de llegar a Midtown. Como jefe en funciones de la manada mientras sus padres estaban de viaje celebrando sus cuarenta años de feliz matrimonio, le correspondió a él recibirlas en la estación de autobuses. Cuando vio bajar a una exuberante morena del autobús que venía de Nueva York, se quedó sin respiración. Llevaba una minifalda de cuero que a duras penas le cubría los muslos y un top rojo que dejaba los hombros y el vientre al descubierto. Nada de huesos marcados en la dorada piel. Su cuerpo era todo redondeces, desde los impresionantes pechos hasta las nalgas respingonas. Una mujer de verdad, no esos sacos de huesos que hoy en día tanto se estilan y que a él le producían náuseas. 


Sólo el verla hizo que su polla palpitara de emoción.


Cuando fue evidente que aquella impresionante belleza era una de las dos personas que estaba esperando, no supo si echarse a reír o a llorar. Las acompañó hasta la casita que había preparado para ellas en las afueras del pueblo, las ayudó a instalarse y después de prometerles que al día siguiente, cuando hubieran descansado del viaje, les presentaría al resto de la manada de Midtown, se marchó a su casa.


Había pasado un mes desde entonces. La madre de Lony, Rachel, era peluquera, y él le había encontrado trabajo en uno de los salones de belleza de la pequeña ciudad. La mujer estaba tan agradecida que se empeñaba en que fuera a su casa cada noche, a cenar. Y él iba, por supuesto. Una oportunidad diaria de ver a Lony, hablar con ella e incluso de corretear por el bosque amparados por la oscuridad de la noche, no podía dejarla pasar.


Se habían adaptado rápidamente a la manada. Incluso Rachel, siendo totalmente humana como era, no tuvo ningún problema, aun cuando las normas de la manada aquí eran muy diferentes de las de Nueva York. Rachel sonreía cuando decía que eran primitivos y absolutamente bárbaros, pero lo decía con un tono de voz que delataba lo maravilloso que le parecía. Que la manada de Nueva York las hubiese echado de su propia casa, dejándolas en la indigencia, no decía nada bueno de ellos. Aquí habían encontrado una oportunidad de reanudar su vida y la mujer parecía feliz, a pesar del dolor que se veía en sus ojos. Perder a su marido después de tantos años, y en un estúpido accidente de coche, había sido un golpe brutal para su alma.


Y aquí estaba Aidan, un mes después de su llegada, corriendo por el bosque persiguiendo a Lony a través de la oscuridad.


La muchacha encendía sus instintos más primitivos. Cada vez que la veía, su polla palpitaba. Cada vez que reía, su pene saltaba de emoción. Y cuando corrían libres bajo la luna, ellos dos solos, como en este momento, su miembro ya no sabía qué hacer. Su mente estaba confundida. Nunca, en sus treinta años, se había sentido así por una mujer. Había tenido amantes, por supuesto, pero ninguna que pudiera llamar especial, ninguna que le durara más de tres o cuatro noches. Las mujeres pantera solían ser bastante promiscuas hasta que escogían compañero y él, como cualquier otro macho, se aprovechaba de eso, tanto como lo hacían ellas. Pero Lony... con Lony era diferente. En un mes no se había atrevido a acercarse a ella de esa forma.


La había estado observando mientras interactuaba con otros machos y se había dado cuenta que era diferente a las demás. Quizá por el hecho de ser mestiza, su comportamiento sexual era más humano que pantera. Tonteaba con algunos, pero nunca se había ido a solas a correr por el bosque con nadie. Excepto con él. Y con él no había tonteado ni una sola vez. ¿Quizá lo veía más como un amigo? Eso sería una putada, porque desde luego él no la veía así.


Se internaron más en el bosque, Lony corriendo delante de él sin mirar atrás. En este mes transcurrido se había dado cuenta que por mucho que corriera, él era más rápido y que no tenía que preocuparse de perderse. Aidan siempre estaba allí para señalarle el camino de vuelta a casa.


Llegaron al centro del bosque, donde el arroyo caía en una pequeña cascada y formaba un precioso estanque de aguas tranquilas. Aidan sonrió en su forma de pantera, mostrando los colmillos mientras detenía su carrera. Lony se había lanzado al agua y estaba chapoteando, feliz y libre. ¿Quién decía que a los felinos no les gustaba el agua? 


Aidan saltó a la laguna y empezó a jugar con Lony, empujándola con su enorme cabeza negra, mordisqueándola suavemente. Quería incitarla, buscar una respuesta en ella. Si salía del agua y se apartaba de él, después le pediría disculpas. Si no... ya vería lo que sucedía.


De repente, ella se transformó en humana de nuevo. El agua ondulante a duras penas le cubría los pechos, y las gotitas que resbalaban por su piel reflejaban la luz de la luna que se colaba a través de la espesa canopia. Tragó saliva, nerviosa, y lo miró con timidez.


Aidan se transformó también y se acercó a Lony muy despacio, con una sonrisa en los labios. Se miraron a los ojos sin decir nada, y Lony también sonrió, iluminando sus ojos con un destello de deseo. Él le ahuecó las mejillas con las manos, acariciándoselas con los pulgares.


—Lony... —susurró, y aunque su nombre se mezcló con el arrullo de la cascada y el murmullo de las hojas de los árboles, sacudidas por la brisa, para ella fue como una modesta caricia que le erizó la piel.


Le miró los labios y se lamió los suyos, provocando y deseando sentirlos en su cuerpo. Tembló, pero no de frío, sino de expectación.


Aidan bajó la boca hacia ella y la besó, irrumpiendo con la lengua, explorando ávidamente cada rincón deseado. Sabía a café y a tarta de manzana; a bosque salvaje y a luna llena; sabía a hogar.


Lony se lo devolvió con la misma intensidad, perdiéndose en las sensaciones que recorrían todo su cuerpo. Deslizó los brazos hasta el cuello y lo acercó más, instándolo a profundizar el beso, ansiosa. Los pechos se aplastaron contra los pectorales, y la erección de Aidan se apretó contra el vientre plano de la muchacha. Cuando él rompió el beso, ambos respiraban con agitación. Él apoyó la frente contra la de ella, y la devoró con la mirada.


—Aidan... —susurró con voz entrecortada.


—¿Si?


—Quiero...


—¿Qué quieres, preciosa?


—A ti...


Aidan la cogió en brazos y la llevó hasta la orilla, donde había una gran roca plana medio hundida en el agua. La depositó allí con suavidad. El agua le llegaba a Lony hasta las rodillas y sus pechos quedaron completamente a la vista.


Chupó uno de los pezones con avidez, amamantándose como un cachorro. Ella gimió de placer mientras el fuego se arremolinaba en su coño. Rodeó la cintura de Aidan con las piernas mientras sus manos subían por la espalda hasta llegar al pelo, hundiéndose en su melena rubia, apretándolo contra ella como si quisiera que la abrasara.


Él pasó a su otro pecho, chupando el pezón, lamiéndolo con la lengua, mientras deslizaba las manos por sus caderas. Una mano se perdió en la entrepierna, acariciando los sedosos rizos, y uno de los dedos se hundió en su interior.


Lony gimió, retorciéndose de placer, mientras el dedo de Aidan jugueteaba con su coño, acariciando el clítoris, y su boca seguía provocando los pezones. Ella le tiró del pelo para obligarlo a subir el rostro hasta que quedaron cara a cara, y lo atrajo hacia ella para besarlo de nuevo. Sabía a selva, a libertad, a algo loco y peligroso que se le había introducido en la sangre y había revoloteado para anidar en su corazón.


Oleadas de placer la invadieron cuando un segundo dedo la penetró mientras la otra mano acudía a los pechos y apretaba uno de los pezones con el pulgar y el índice.


Lony deslizó las manos acariciándole la espalda hasta llegar a la cintura. Las pasó hacia delante y acunó la polla con ellas. Aidan gruñó y se estremeció mientras ella empezaba a acariciar la dolorida longitud.


—Dios, nena—, dijo dentro de su boca sin romper el beso. Ella se rio—. Córrete para mí, nena.


Aidan introdujo otro dedo mientras con el pulgar le acariciaba el preciado botón. Ella estalló, gritando contra su boca, temblándole todo el cuerpo con el fuego del orgasmo. Oleada tras oleada de placer pasaron por ella llevándola hasta la luna ida y vuelta. Cuando su cuerpo se relajó, Aidan la acunó contra su pecho rodeándola con sus brazos. Temblaba, y el dolor que sentía en los testículos lo obligó a apretar la mandíbula con fuerza para no soltar un quejido lastimero.


—Eso ha sido... uau—, dijo Lony en un murmullo. Aidan se rio, su pecho vibrando contra su arrebolada mejilla.


—Aún no hemos terminado, nena—, le dijo con voz ronca—. Ahora me toca a mí.


—Dios, sí.


—Date la vuelta, cariño. Déjame follarte por detrás.


Lony no se hizo de rogar. Sus huesos se habían derretido y sus músculos apenas respondían, pero encontró la energía suficiente para girarse y ponerse con el vientre sobre la roca. Aidan gimió al ver su fantástico culo, hermoso y redondo como la luna llena. Lo acarició con las manos mientras dejaba un camino de besos por su espalda hasta llegar a la nuca y perderse entre la espesa melena negra. Lony corcoveó, frotándose contra la erección de Aidan. Él gruñó y gimió, las dos cosas al mismo tiempo, y sin poder esperar más, la empaló de un solo golpe.


Lony gritó cuando sintió la dura polla de Aidan penetrar en su cuerpo. El estrecho coño a duras penas podía aceptarlo, era tan grande y estaba tan dura... Aidan empujó hasta enterrarse totalmente. Ella volvió a gritar y se quedó quieto, momentáneamente asustado.


—¿Te estoy haciendo daño?— jadeó preocupado. Lony negó con la cabeza, sacudiendo la hermosa melena, y Aidan sonrió aliviado. Jamás se perdonaría si le provocaba algún tipo de dolor.


Empezó a moverse, bombeando dentro de ella, empujando fuerte y duro mientras la tenía inmovilizada por las caderas, penetrándola hasta el fondo una y otra vez, haciendo que sus testículos chocaran contra las nalgas mientras ella lo provocaba llevando el culo a su encuentro cada vez que él se retiraba para volver a embestirla.


—Chica traviesa— susurró Aidan soltando una risita. Dejó caer su cuerpo sobre la espalda de ella, aplastándola con su peso para que no pudiera moverse. Le cogió las manos y se las sujetó a los lados, por encima de su cabeza. Ella quedó totalmente a su merced, inmovilizada y vulnerable a sus deseos.


Aidan empezó a mordisquearle una oreja mientras seguía con sus empujes. Ella gemía, gritaba pidiendo más y él gruñía y jadeaba, satisfecho por la forma en que respondía a sus caricias. Sus pelotas ardían y el fuego de la ingle aumentó cada vez más hasta que estalló y empezó a estremecerse con las convulsiones del orgasmo. Los gritos de ambos resonaron en el silencio de la noche mientras llegaban juntos al clímax. 


Minutos después, cuando sus respiraciones se habían normalizado, Aidan se levantó y la ayudó a incorporarse. Ella estaba llorando.


—Dios, nena, ¿te hice daño?— preguntó completamente devastado por la posibilidad—. Lo siento, soy un bruto, yo...


Ella negó con la cabeza y le abrazó por la cintura, apretándolo contra sí.


—Ha sido maravilloso. Lloro de felicidad, Aidan. Eres maravilloso.


Él la rodeó con los brazos, acunando su cabeza bajo la barbilla.


—Tengo que llevarte a casa, Lony. Tu madre se preocupará si tardamos más.


Ella se separó de Aidan y salió del estanque, transformándose por el camino y echó a correr. Aidan fue tras ella.










A la mañana siguiente, Lony se levantó dolorida y con el corazón asustado. ¿Qué pasaría ahora? ¿Qué haría Aidan? Debería haberle dicho lo que sentía antes de entregarse a él para que comprendiera por qué lo hacía. O debería haberle dicho «te quiero» mientras hacían el amor. Pero para él no había sido eso, ¿no? Había usado la palabra «follar». Eso había sido, una más, como cualquier otra hembra de la manada. ¿Cómo iba a mirarlo a la cara ahora, después de lo que habían compartido? Para ella había significado un mundo y para él no había sido otra cosa que una «follada». Casi sintió ganas de llorar. Otra vez. 


Por eso había derramado lágrimas la noche anterior pero no se había atrevido a decirle nada. Hubiera sido como estropear un momento casi perfecto. ¿Y si hubiese acabado enfadado con ella? Era el hijo del Alfa de la manada, apuesto y cautivante como hombre, fantástico como pantera. Sus líneas angulosas le habían robado el corazón desde el primer momento en que bajó del autobús y lo vio allí de pie, esperándolas. Había luchado contra ese sentimiento, sabiendo que era una mestiza, poco más que nada dentro de la manada, una recogida. Pero él sería algún día el jefe porque estaba segura que se ganaría el respeto de los demás machos cuando fuera el momento. Era fuerte, rápido, inteligente... magnífico. Y su reina debería ser una mujer pantera de pura raza que pudiera darle hijos fuertes y magníficos como él. Ella no entraba en esa categoría.


Después de ducharse y vestirse, bajó a la cocina. Era ya media mañana y su madre se habría ido al trabajo. Se paró un momento ante la fotografía de su padre y le dio los buenos días como siempre, poniendo un beso sobre el cristal. Lo echaba tanto de menos...


Si por lo menos Aidan la amara como ella a él. Cuando la noche anterior le pidió que se girara para tomarla por detrás, por un momento pensó que la marcaría como suya y su corazón se aceleró ante la idea. Pero no lo hizo. Sólo la «folló». Y la hizo llegar a la luna de nuevo.


Salió al porche y se sentó en el balancín. Tenía que empezar con las tareas domésticas en seguida para que todo estuviese terminado cuando su madre regresara del trabajo, pero necesitaba tomarse unos momentos. Tenía que recuperar el control, quitarse estas angustiosas ganas de llorar de encima, recuperar la sensatez. 


Las lágrimas empezaron a manar sin que se diera cuenta hasta que su garganta se cerró en un sollozo. Se cubrió la cara con las manos y dejó que fluyeran libremente. Dios, ¿qué había hecho? ¿Cómo podría volver a salir con él a la noche de nuevo? Ahora tenía el corazón roto, pero si dejaba que lo de anoche volviese a suceder, acabaría destrozado, hecho añicos. Tenía que irse de aquí. Al fin y al cabo habían vivido sin manada durante mucho tiempo porque sus relaciones con la de Nueva York eran prácticamente inexistentes. Nunca les importó porque entonces se tenían los unos a los otros, los tres; formaban una familia y se amaban intensamente. «Dios, papá, cuánto te extraño». Si él estuviera aquí ahora, la abrazaría y pondría su cara de malo mientras le decía: «¿Quién ha hecho daño a mi niña? Dímelo para que pueda morderle en el culo hasta que grite pidiendo piedad». Entonces ella se reiría y las lágrimas dejarían de manar de sus ojos. Pero ya no estaba aquí. Se había ido para siempre y jamás volvería a verle.


Su llanto arreció. Casi era como si no pudiera parar. Todo el dolor acumulado en los últimos meses desde su muerte se liberó de golpe, fluyendo a través de los ojos. Tanto dolor en su corazón. Tanta rabia no expresada. Tanta frustración. Tanto miedo.


—Nena, ¿qué ocurre?


La voz de Aidan parecía rota. Ella levantó la vista y le vio allí, a los pies de los escalones que llevaban al porche, mirándola con pesar.


—Nena, por favor, me estás rompiendo el corazón. ¿Ha pasado algo? ¿Tu madre está bien?


Ella asintió con la cabeza mientras se enjuagaba las lágrimas con la manga de la blusa.


—¿Por qué lloras entonces? ¿Es... por mi culpa?— preguntó, indeciso—. Si hice algo ayer que haya causado esto, dímelo, por favor, y te prometo que no volverá a ocurrir.


¿Qué hacer? ¿Confesaba sus sentimientos? ¿Le decía que se había convertido en todo su mundo? ¿Y si eso lo asustaba? ¿Y si hacía que se apartara? Sacudió la cabeza intentando poner orden en sus pensamientos, y se frotó la frente como si así pudiese ahuyentar el dolor que sentía.


—Lo que hicimos anoche, ¿qué fue para ti?— preguntó en un susurro tembloroso, apartando la mirada. No quería verle los ojos, no quería ver su expresión. En realidad, tenía ganas de salir corriendo, huir lejos de allí. Pero se quedó y esperó.


Aidan dudó. Parecía tan desolada y se la veía tan rota. Anoche, cuando la dejó, vio en sus ojos el germen de esto. Por eso había estado toda la mañana esperando al lado del camino, observando la casa, hasta verla salir. Para asegurarse que estaba bien. Se hubiera ido si ella no hubiera empezado a llorar de una manera que le apretó el corazón en el pecho y se le cerró la garganta.


Aidan no contestaba y sus peores temores empezaron a confirmarse. Sintió su corazón partirse en pedazos.


—Para ti no significó nada, ya lo veo—, susurró con voz cansada recogiendo el poco orgullo que le quedaba mientras levantaba la cabeza y le miraba a los ojos—. Fui... otra más en tu larga lista.


El corazón de Aidan saltó en su pecho. ¿Era eso? ¿De eso se trataba? ¿Ella... le quería?


—No eres una más, eso nunca. Tú no—. Subió los escalones del porche y caminó hasta quedar frente a ella. Se arrodilló a sus pies y la miró a los ojos—. Eres mi alma y mi luz, el aire que respiro desde que te vi bajar del autobús que te trajo aquí desde Nueva York.


—Pero anoche no me hiciste el amor. Anoche me follaste. ¿Fue eso para ti? ¿Una simple follada?— escupió con rabia. No sabía por qué, pero el dolor se estaba transformando en ira. Estaba tan cansada de sufrir, tan agotada de ser rechazada, tan consumida por el dolor de no tener a nadie que la amara como su padre había amado a su madre. 


La palabra lanzada con tanta ira se estrelló sobre el rostro de Aidan. ¿Cómo había podido ser tan idiota? La había tratado como si fuera una más. ¿Cómo podía extrañarse que hoy estuviera asustada y dolida? Y ahora esperaba ser rechazada como lo había sido por la manada que debería haber cuidado de ella y de su madre.


—Pégame —le dijo con convicción.


—¿Qué?


—Dame una bofetada.


—Aidan...


—Me la merezco, por idiota y por estúpido. Por cobarde. Por no atreverme anoche a decirte lo que siento por ti.


Ella le miró con ojos esperanzados, acunándole las mejillas con las manos.


—¿Y qué es exactamente lo que sientes por mí?


Aidan la miró intensamente a los ojos durante un instante. Después bajó la mirada hacia su regazo, donde las manos de ella se revolvían inquietas. Las tomó entre las suyas y las entrelazó, acariciándolas con los pulgares mientras intentaba buscar las palabras que pudieran contestar con exactitud a su pregunta.


—Cuando te miro, siento lo mismo que el bosque cuando llega el amanecer y ve asomar el sol por el horizonte. Lo mismo que la tierra seca cuando las primeras gotas de lluvia la acarician. —Alzó los ojos de nuevo y la miró con intensidad—. Cuando te veo, me tiemblan las piernas y las manos, y me siento vulnerable porque eres la única persona que puede destrozarme con una sola palabra. —Respiró profundamente y tragó saliva, buscando en su interior el valor para seguir hablando—. Cuando miro hacia el futuro, este no tiene ningún sentido si no estás a mi lado. —Le apretó las manos en un acto reflejo, buscando de forma inconsciente una respuesta a la pregunta que aún no había formulado—. Quiero correr por el bosque, contigo a mi lado, bajo la luz de la luna, el resto de mi vida. Lony, ¿quieres casarte conmigo?


Ella lo miró sin atreverse a creer lo que había oído. Los ojos de Aidan estaban llenos de miedo e incertidumbre. Él tenía miedo. Miedo a que ella le rechazara, a que le dijese que no. Lony sonrió antes de acercar su rostro al de él y posar sus labios en un dulce beso.


—Sí Aidan, quiero ser tu esposa.


Él sonrió mostrando los blancos dientes. Se levantó llevándola con él, rodeándola con los brazos y perdiéndose en su salvaje aroma a bosque y romero.


—Esta misma noche, nena, te haré mía, y todos en la manada sabrán que eres mi mujer, mi compañera, la hembra que mi corazón ha escogido para amar toda la vida. —Sonrió con un leve rastro de picardía—. Y como alguno vuelva a coquetear contigo, lo destrozaré con mis garras.


—Y como tú vuelvas a tontear con otra —replicó ella, feliz, antes de volver a besarle—, le arrancaré los ojos.






Aidan le devolvió el beso y pensó, con satisfacción, en la vida que lo esperaba al lado de su pequeña salvaje.

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