miércoles, 15 de abril de 2015

La princesa sometida, primer capítulo



—¡No llores!
La mano abierta voló hasta chocar contra la mejilla de la pequeña Rura, que cayó al suelo de rodillas y se mordió los labios con fuerza para acallar los sollozos que hasta aquel momento salían desgarradores por su boca. El pequeño cuerpecito tembló cuando vio que su padre volvía a moverse con la mano levantada, yendo hacia ella.
Al final el príncipe Nikui se detuvo muy cerca, pero no volvió a pegarla. Se quedó allí mirándola, resollando enfurecido, hasta que habló.
—Nunca debiste haber nacido. No sirves para nada.
Salió de allí, dejando a la pequeña Rura, de seis años, temblando en el suelo de su habitación.
Rura sabía que su padre tenía razón. Estaba maldita. Su nacimiento fue un error, y con su llegada causó la muerte de su madre Surebu, la concubina favorita del príncipe heredero. Nunca permitían que lo olvidase. Ninguno de ellos.
Se levantó y arrastró sus pequeños piececitos hasta el camastro que le hacía de cama. Su habitación era diminuta, comparada con las de sus hermanas. Claro que ella era una bastarda, y sus hermanas, princesas imperiales.
Rura no tenía muy claro qué significaba ser una bastarda, pero sabía que era algo malo porque cuando la llamaban así, lo hacían en un tono de desprecio que la hacía temblar y le provocaba ganas de llorar.
Pero una princesa no debía llorar.
 Nadie la llamaba así, princesa, excepto ella misma. Al fin y al cabo, era hija de un príncipe, ¿no? así que por fuerza  tenía que ser una princesa.
Se metió dentro del camastro y se acurrucó, tapada con la manta.
¿Por qué su padre no la quería? Lo había visto con sus hermanas, y con ellas era hasta cariñoso. Las hacía reír y las acariciaba. Pero nunca a Rura.
Su pequeña cabecita dio vueltas y más vueltas. Había muchas cosas que no comprendía aún, pero se haría mayor y las entendería. Estaba tan segura de eso como de que cada día salía el sol, y que en invierno, nevaba. Encontraría la manera de que su padre la amase, se dijo cerrando los ojitos.

—Es la hora.
La voz de Kayen resonó por el cuarto donde Rura había estado recluida desde su traición. Había enviado a un asesino a por su marido, el gobernador, y había fallado. Kayen seguía vivo y su padre la había abandonado a su suerte al darle carta blanca para que la castigase como mejor le pareciese.
Otra vez sola, y abandonada.
Respiró con resignación y se levantó, orgullosa. Su orgullo era lo único que le quedaba en estos momentos.
—¿No vas a cambiar de opinión? —le preguntó, altiva.
—No. Pasarás el resto de tu vida encerrada en el monasterio de las Hermanas Entregadas.
La voz de Kayen sonó como un látigo a sus oídos, pero asintió con la cabeza, aceptando su destino.
—Muy bien.
Caminó atravesando la habitación, con Kayen yendo detrás de ella, escoltándola hasta la puerta.
—Rura.
Se detuvo al oír la voz del que había sido su marido hasta aquel momento, y giró el rostro para mirarlo a los ojos. Fuera lo que fuese lo que iba a decirle, lo encararía sin demostrar ni un solo sentimiento en su cara.
—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó el gobernador.
Ella lo miró a los ojos durante unos instantes, valorando si debía decirle la verdad o no.
—¿El qué? ¿Intentar matarte, o golpear a tu esclava? —preguntó finalmente.
—Las dos cosas.
—¿De veras te importa? —le preguntó con evidente desprecio en la voz.
—Sí. Si no fuese así, no te hubiera preguntado.
—Muy bien. —Asintió con la cabeza, la ladeó un poco, y esbozó una sonrisa fría como la nieve—. Porque tu corazón debería haber sido mío, pero se lo entregaste a ella en el mismo momento en que la viste.
—Tú nunca quisiste mi corazón.
—En eso te equivocas, Kayen. Lo quería… para destrozarlo.
Se giró y abrió la puerta, dejándolo atrás mientras salía de la habitación y se encaminaba hacia el exterior. Cuatro guardias de palacio, que hasta aquel momento se habían mantenido en el pasillo, vigilando la entrada a sus aposentos, la siguieron.
Kayen la siguió, negando con la cabeza, sin comprender por qué aquella mujer lo odiaba tanto, hasta el punto de intentar matarlo.
Rura atravesó el palacio con la cabeza bien alta, orgullosa y altanera como siempre, con la barbilla levantada y una media sonrisa de desprecio en los labios.
Estuvo a punto de decirle a Kayen la verdad, pero al final había optado por no hacerlo. ¿Para qué? Él jamás la creería, y pensaría que lo hacía como venganza contra su padre, pero la verdad era que Nikui, el gran príncipe heredero, era quién había ordenado su muerte. ¿Por qué? No lo sabía. Nunca hacía preguntas cuando su padre le ordenaba hacer algo, simplemente obedecía.
Debería haberse imaginado que si fallaba, su padre la dejaría a su suerte. Si hubiese guardado los mensajes que le enviaba, y que Yhil, el senescal de palacio, le entregaba a escondidas de Kayen… Pero era una hija obediente, y siempre los quemaba después de leerlos.
Hacía muchos años que había descubierto cuál era el precio de la desobediencia.
Cruzó el vestíbulo y salió al exterior. Allí la esperaba el palanquín en el que viajaría, y la escolta armada que la protegería durante el viaje.
—¿Y mi doncella? —preguntó al ver que la mujer que la había servido fielmente durante años, no estaba allí.
—No necesitarás ningún sirviente a donde vas —contestó Kayen.
Rura lo miró fijamente. La ira le oscureció los ojos, que brillaron como estrellas. Pensó en pedirle que cuidara bien de ella, pero desistió: el orgullo le impidió suplicar, ni siquiera por la mujer que había sido como una madre para ella.
Subió al palanquín, los porteadores tomaron su sitio para levantarlo, y se pusieron en marcha.

Viajaron hacia el norte durante días. Kargul era una tierra en parte inhóspita, con zonas casi sin vegetación, en la que caía un sol de justicia.
Durante las primeras jornadas, tenían que hacer un alto durante las horas en que el sol estaba en lo más alto porque el calor era tan insoportable, que era peligroso. Montaban unos toldos para guarecerse, y allí, bajo la sombra que les proporcionaba, comían.
Rura aprovechaba estos descansos para estirar las piernas. Ir en palanquín era cómodo, pero después de varias horas, las piernas se entumecían y empezaba a doler la espalda.
El paisaje que la rodeaba era muy parecido a su vida: estéril, vacía, sin propósito.
Había dedicado cada minuto de su existencia a complacer a su padre, luchando por ganar su aprobación, y todo la había llevado hasta este punto: a una completa soledad, y a tener el corazón yermo.

—Rura, cariño. Tu padre quiere verte, y te está esperando en el jardín de las princesas.
El rostro de la pequeña, de ocho años, se iluminó con una sonrisa. ¡Su padre la mandaba llamar! Hacía semanas que no lo había visto. La última vez la miró de una manera diferente, incluso le sonrió.
Corrió atravesando el palacio, esquivando a criados, esclavos y a grandes señores por igual, con sus pequeños piececitos descalzos deslizándose sobre los mármoles que adornaban el suelo.
Cuando llegó a la puerta del jardín, se paró para recuperar el aliento. Sacudió la ropa que llevaba, que a ella le parecía muy bonita pero no era más que uno de los muchos vestidos que sus hermanastras, las princesas imperiales, habían descartado porque ya no estaban a la moda.
Cuando el ritmo de su respiración se calmó, echó los hombros hacia atrás, levantó la barbilla, y cruzó la puerta.
Su padre estaba de pie al lado de un rosal, observando a su esposa y sus hijas, que estaban jugando a varios metros de él.
Se acercó con cuidado, temerosa, y cuando llegó a su lado, carraspeo para llamar su atención.
—Alteza —dijo cuando él le miró, e hizo una reverencia.
—Rura. —Su padre la miró durante unos segundos. En su rostro no había ningún signo de alegría por verla, y la pequeña sintió cómo un estremecimiento la recorría desde la cabeza a los pies—. Me han dicho que ya tienes ocho años.
—Sí, Alteza.
Su padre asintió con la cabeza. Seguía mirando a sus hijas legítimas.
La mayor, Hana, tenía diez años, los labios rosados y el pelo negro brillante como una noche estrellada. La mediana, Mün, con siete años, era una niña pizpireta que no paraba quieta ni un segundo, y provocaba las risas de su madre con sus travesuras. La pequeña, Suta, de cinco años, era una niña tranquila que se entretenía sentada en el suelo, al lado de su madre, jugando con una muñeca de porcelana.
—Ya es hora que ocupes el lugar que te corresponde. —Rura sintió que la alegría empezaba a burbujear en su estómago y una sonrisa empezó a nacer, para morir rápidamente cuando su padre siguió hablando—. Serás una buena doncella para mis hijas. Llevas su misma sangre, y les serás leal como corresponde. No me defraudes, Rura.
Ella no contestó. Se limitó a hacer una reverencia y a permanecer quieta, con el corazón helado.

Las montañas Tapher se veían a lo lejos. Aún quedaban varios días de viaje para llegar al fuerte que vigilaba el paso entre las montañas, pero la vegetación era más abundante y el calor ya no era tan sofocante. Podían viajar durante todo el día, haciendo un pequeño descanso para comer, y ya no necesitaban los toldos para refugiarse del calor durante el mediodía.
Rura estaba cansada y sucia. No había podido darse un baño desde el día que partieron de Kargul. Olía mal, y no había ningún perfume que pudiera disimularlo.
Nadie de la escolta hablaba con ella. Lo había intentado durante los primeros días, pero todos se limitaban a mirarla sin mostrar ningún sentimiento y se daban la vuelta, dándole la espalda. La despreciaban por lo que había hecho, y ella no podía culparles.
Después de días pensando en ello, también empezaba a despreciarse a sí misma.
Siempre había estado prisionera, y no había tenido ninguna oportunidad de saborear la tan cacareada libertad. Kisha, la esclava de la que se había enamorado su marido Kayen, había sido más libre que ella, cautiva de su afán por satisfacer a su padre y ganarse su aprobación.
Volvía a sentirse como cuando era niña, rezando a todos los dioses para que alguien, quien fuera, le mostrara un poco de cariño.
Por las noches lloraba en silencio, y se enfurecía consigo misma cuando notaba que las lágrimas rodaban por sus mejillas. Su padre le repetía una y otra vez que ella no podía llorar. Era su hija, llevaba su sangre, y no podía demostrar ningún sentimiento.

Tenía nueve años cuando los encontró. Eran pequeños, y tan peluditos, que se quedó mirándolos maullar durante unos minutos. Pero salió corriendo cuando Hana, su hermanastra, la llamó. Iba a salir a cabalgar, y ella tenía que acompañarla porque una princesa imperial no podía ir  acompañada solo por el mozo de cuadras.
Rura odiaba los caballos. Le parecían unos animales estúpidos y maniáticos, tan cobardes que se asustaban de cualquier ruido, pero no le quedaba más remedio que hacer lo que Hana le ordenaba.
Cuando regresaron de cabalgar, la ayudó a bañarse y, cuando terminó de vestirla y pudo retirarse, corrió de regreso a las caballerizas para jugar con los gatitos.
Hana apareció al cabo de pocos minutos.
—¿Qué haces aquí, Rura? —le preguntó con los ojos entrecerrados y los brazos en jarras—. Te he estado llamando, estúpida. Necesito que me cosas esto.
Se levantó el quimono y le enseñó un roto.
—Ahora mismo voy, Alteza —contestó la pequeña, dejando en el suelo uno de los gatitos, que había tenido en el regazo hasta aquel momento.
—Estos animales son asquerosos —gruñó Hana con una voz muy  poco femenina—. Deberían matarlos a todos.
—Shinro dice que son necesarios —se atrevió a replicar—. Mantienen a raya a las ratas y ratones.
—¡En el palacio de mi padre no hay de eso! —gritó Hana. Rura no se atrevió a contradecirla, pero así y todo, la princesa se enfureció—. ¡Eres una estúpida! ¡Te has llenado la ropa de pelos! ¡No quiero que entres en palacio con la ropa así! ¡Me ensuciarás a mí! ¡Quítatela!
El rubor por la vergüenza, cubrió las mejillas de Rura. Estaban a pleno día, y había un buen trecho entre las caballerizas y palacio, y después, tendría que caminar entre toda la gente que lo abarrotaba.
—No pienso hacer eso, Alteza —susurró, no atreviéndose a levantar la voz—. Iré primero a mi habitación y me cambiaré. Después le coseré el roto.
—Te he dicho —dijo Hana apretando los dientes— que te quites la ropa.
Rura negó con la cabeza, luchando porque las lágrimas no se derramaran.
Hana, enfurecida, sonrió de aquella manera que hacía temblar a la pequeña.
—¿En serio? Bien, tú lo has querido. ¡Shinro! —gritó. En unos momentos, el jefe de las caballerizas apareció y se inclinó delante de la princesa.
—¿Si, Alteza?
—Coge ese bicho asqueroso —dijo señalando al gatito que Rura había tenido en su regazo, y que maullaba desconsolado llamando a su madre—, y mátalo.
—¡No! —gritó Rura—. Por favor, no lo hagas.
—Pues haz lo que te he ordenado.
Rura se dio por vencida. Hizo lo que Hana le había ordenado, y se paseó por todo el palacio en ropa interior, caminando detrás de la princesa, hasta llegar a las dependencias privadas de esta.
Cuando su padre, el príncipe Nikui, se enteró, fue a buscarla enfurecido.
—¿Te dejaste manipular por Hana? —gritó mientras le daba la primera bofetada—. ¿Para salvar a un mísero gato? —Le dio la segunda—. Me has decepcionado otra vez, Rura. Siempre me defraudas. ¡No sirves para nada!
Se fue, caminando con brusquedad a grandes zancadas, dejando a su hija bastarda en el suelo, con las mejillas amoratadas pero sin soltar ninguna lágrima.
La siguiente vez que Hana la amenazó con asesinar a un gatito si no hacía lo que ella quería, lo mató con sus propias manos.

Desde el fuerte, las montañas Tapher se veían inmensas. Eran como una enorme mandíbula llena de dientes coronados de nieve, y Rura se estremeció mientras las miraba, aunque no supo si por el frío que bajaba de ellas, o por la ansiedad que sentía, que aumentaba con cada día que se acercaba más a su destino.
Al día siguiente se internarían allí, en el paso angosto que discurría entre altas paredes de piedra. Ascenderían durante tres jornadas, y llegarían al monasterio de las Hermanas Entregadas, donde pasaría el resto de su vida.
Las Hermanas Entregadas.
Rura nunca había comprendido qué podía llevar a una mujer a vivir encerrada entre cuatro paredes, sin contacto con el exterior, en un lugar alejado de cualquier signo de civilización. Había oído que se hacían su propia ropa, unos hábitos de lana vasta que ellas mismas tejían después de esquilar e hilar la lana de las ovejas. Se pasaban el día rezando y trabajando, sin hablar, y la disciplina era impartida con mano dura para aquellas que osaban desviarse del camino.
Aquella noche, a pesar del baño relajante que pudo darse antes de meterse en la cama, no pudo dormir.

Al día siguiente, cuando dejaron atrás el fuerte y penetraron en el estrecho paso entre las montañas, Rura sintió que todo había acabado para ella.

Al anochecer, los atacaron.

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