lunes, 2 de junio de 2014

Reseña / Entre sueños - Ángeles Ibirika






Sinopsis:


Beatriz nunca quiso conocer a su abuelo. Pero cuando se entera de que a su muerte todas las propiedades del viejo le pertenecen, las acepta para venderlas al mejor postor.
Antes de que las tierras sean adquiridas por un comprador, una situación desesperada y humillante, provoca que Beatriz, la sofisticada mujer de ciudad, corra a refugiarse en aquel lugar que considera inhóspito.
Allí, en el apacible pueblo de montaña de Roncal, se encuentra con Jon, el atractivo veterinario que gobierna las tierras, el ganado y los negocios de su abuelo, y que siempre pensó que las posesiones pasarían a sus manos para continuar con la labor del anciano, al que quiso como a un padre.
La llegada de Beatriz, a la que él considera una mujer sin alma que permitió que el abuelo viviera y muriera solo, será el inicio del enfrentamiento entre dos corazones orgullosos que están seguros de tener poderosas razones para odiarse.
Pero el Valle de Roncal es una tierra hermosa. Un paraje de frescos pastizales, bellísimos bosques de hayas e impresionantes gargantas excavadas en la roca por efecto del agua durante miles de años. Un lugar donde el silencio del entorno y el silbido del viento cuentan entre susurros leyendas que siempre permanecerán vivas.
Y, un lugar así, lleno de magia, es capaz de alterar las ambiciones, de transformar los sueños, de convertir el odio en deseo y el deseo en amor.





Reseña:
Empezar a leer una novela e Ángeles Ibirika es toda una aventura emocional, en la que has de adentrarte pertrechada con decisión, valor y, sobre todo, siendo muy consciente que el alma se tambaleará desde el primer momento, porque los sentimientos te golpearán sin compasión desde la primera frase, aunque no tengas ni idea de qué es lo que realmente pasa.
Así empieza esta novela, con una escena que, aun sin saber qué la causa, te hace vivir el dolor desgarrador de dos personajes que aunque no son los protagonistas, sí son los causantes indirectos de todo lo que vendrá después.

Cuando Beatriz llega a Roncal, viene huyendo de algo que la ha humillado y roto su alma. Busca refugio, un lugar en el que poder pensar con la seguridad que nadie podrá encontrarla, y la finca que acaba de heredar de su abuelo, perdida en un lugar no apto para urbanitas, le parece la mejor opción. Aquí podrá reponer su herido orgullo y encontrar las fuerzas necesarias para regresar a Madrid y enfrentarse a la persona que lo ha provocado. Y en Jon encuentra la espoleta necesaria para reaccionar y salir con una explosión del pozo de autocompasión en el que está hundiéndose.
Cuando Jon ve llegar a Beatriz con un BMW y vestida como si fuera a ir a un cóctel, la rabia lo consume. Ella es la nieta desconsiderada que dejó morir solo a Ignacio, su abuelo, un hombre al que llegó a querer como a un padre. La ve como  a un buitre y la única explicación que le encuentra a su presencia allí, en la finca apartada de toda civilización, es la de revolver entre la carroña.
La animadversión que Jon le demuestra desde el mismo momento en que baja del coche, la desconcierta y la hiere. Sus duras palabras y el hecho que la vea como a una muñeca inútil buena para nada, hace que su orgullo ya muy herido se rebele y se decida a quedarse más tiempo del pensado para demostrarle que está equivocado.
Su relación, tirante en un principio, desemboca en una especie de amistad plagada de desconcierto cuando ambos son capaces de ver más allá de la fría máscara que los esconde.
He de admitir que después de leer “Antes y después de odiarte” y “Donde siempre es otoño”, en las que sus protagonistas masculinos, Mikel e Ian, odian tan profundamente a las mujeres que han sido objeto de su amor, la animadversión de Jon por Beatriz  me pareció algo insípida en comparación, hasta que estúpida de mí, fui consciente, al cabo de unos minutos, que no se conocen y que Jon no tiene ningún motivo real para tratarla como lo hace. Pero esto no es problema de la novela, si no totalmente mío, pues aunque hace tiempo que leí las dos anteriormente mencionadas, las huellas que me dejó el odio visceral que ambos protagonistas sienten aún permanece muy vivo en mi recuerdo y fue inevitable que los comparara con Jon.
Pero Jon gana, y por goleada. La ternura de su personaje, su generosidad y altruismo, la pasión que se despierta en él, hace que vayas olvidando lo gilipollas que fue en un principio y que te vayas enamorando al mismo ritmo que Beatriz. ¿Y qué decir de ella? Una mujer que llega destrozada y vulnerable, y que encuentra su fortaleza en un lugar en el que nunca se hubiera imaginado querer vivir.
Es una novela sin grandes tragedias, al menos hasta el final, que transcurre entre paisajes de ensueño. Una historia de amor entre dos personajes heridos, llenos de dudas, vulnerables y confusos. Y, desde luego, la prosa de Ángeles,  capaz de presentar los descarnados sentimientos que los asaltan como si fueran propios, te hace vivir en tus propias carnes todo el abanico de cambios, lentos pero profundos, que los personajes experimentan. Una narración repleta de frases tan hermosas como los parajes que nos muestra, que nos impulsan a querer coger el coche y perdernos entre los bosques y los montes de Navarra, buscando a nuestro Jon particular.
Soy una persona de fácil risa y llanto difícil. Me cuesta exteriorizar las tristezas y las penas, incluso cuando estoy a solas; por eso, cuando encuentro a una autora como Ángeles, que es capaz de hacerme llorar con pocas palabras, que me acongoja con una mirada imaginada y que consigue que sufra por unos personajes de ficción que, aunque la mente me dice que no existen, el corazón se empeña en declararlos tan vivos como yo misma, lo único que puedo hacer es darle las gracias y esperar, con paciencia, su próxima novela.




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