viernes, 6 de diciembre de 2013

La esclava Kisha, primer capítulo

Cuando Kisha entró en el salón del palacio de Kargul estaba asustada. En el gran pórtico de entrada los guardias la miraron de arriba abajo con actitud prepotente, y cuando sus escoltas les explicaron que la enviaban de Romir, y que era un regalo para el gobernador, sus ojos la apreciaron con lascivia. Quizá pensaban que después que el gobernador terminara con ella, podrían ponerle las manos encima. Saber cuál era su destino no la alivió en absoluto. Aún tenía muy presente en su memoria las palabras del kahir de Romir:
—El gobernador de Kargul está muy descontento con nosotros. Las cosechas no han sido todo lo buenas que esperaba y la única manera de aplacar su ira es enviarle una esclava que lo satisfaga. Tú eres la más hermosa de nuestras hijas, y además has sido educada por las sacerdotisas de Sharí.
Sharí era la diosa de la fecundidad y la pasión, y todas las huérfanas como ella eran enviadas a su templo para que las sacerdotisas las educaran, igual que los niños eran entregados al templo de Garúh, el dios de la guerra, y entrenados como soldados para servir al Imperio. En el templo de Sharí, las niñas eran adiestradas para satisfacer los apetitos sexuales de los hombres, y sus servicios eran muy demandados por la élite gobernante, los únicos que podían pagarlos, además de los grandes guerreros.
Kisha sabía cómo complacer en la cama a un hombre, aunque nunca había estado con uno. Por eso la enviaban. El desvirgar a una servidora de Sharí era algo que costaba mucho dinero, y solo los más
ricos podían permitirse el lujo. Por eso, los ciudadanos de Romir, metrópoli que había sido arrasada y conquistada por el ejército del Imperio cinco años atrás, la enviaban a ella al gobernador de Kargul para aplacar su ira: su virginidad era un regalo digno de un rey.


En el harén del gobernador la recibieron con reticencia. Había muchachas muy hermosas, pero ninguna era como ella. Todas tenían el cabello oscuro y la piel como la canela, pero ella era de Romir, y destacaba por su piel clara como el nácar y su cabello rubio como el oro. La delicadeza de sus miembros
la hacía parecer casi de porcelana.
La bañaron y la untaron con aceites. Estaba acostumbrada a eso. En los baños del templo era una práctica común. Las novicias como ella ayudaban a las sacerdotisas a prepararse para los rituales de fertilidad, y después siempre se asistían entre ellas. Las manos de las mujeres untadas de aceite, pasando
suavemente sobre pechos y pubis afeitados, eran altamente estimulantes. Muchas acababan entregadas a la pasión después de esos intercambios, y los gritos de placer inundaban los corredores que rodeaban los baños.
Después de prepararla adecuadamente, la vistieron con suaves gasas de oro y plata que cubrían su cuerpo completamente pero que, al ser transparentes, dejaban a la vista toda su belleza. Después le colocaron el collar que la convertía en propiedad del gobernador.
Pertenecer a alguien. No sabía si aquello le gustaba o no. Las servidoras de la diosa no pertenecían a ningún hombre, pero ella iba a ser una excepción. Todas las amigas que había hecho durante los años que había pasado en el templo y que habían dejado de ser novicias para ser servidoras no tenían dueño. Seguían viviendo en el templo y solo lo abandonaban cuando sus servicios eran requeridos. Pocas veces permanecían fuera del templo más de una noche. Pero ella iba a ser diferente. Nunca iba a regresar porque ahora pertenecía al gobernador.
El collar era hermoso. Un torque labrado en oro en forma de serpiente, el tótem de la familia del gobernador, rodeaba su cuello. Tenía la boca abierta y se mordía su propia cola. Los ojos eran dos rubíes. Era algo excepcional que a una esclava le pusieran una joya como aquella. Se había dado cuenta de que el resto de mujeres del harén simplemente llevaban uno de metal simple.
El ama del harén le echó un vistazo en cuanto terminaron de prepararla y, después de dar el visto bueno, indicó a los eunucos que la llevaran hasta el gran salón donde iba a ser presentada al gobernador.
Y allí estaba, temblando bajo la escrutadora mirada de este hombre que había asolado Romir y del que decían que era un hombre cruel. Los cortesanos la examinaban con igual avaricia que lo habían hecho los guardias de la puerta, y sabía con la misma seguridad que todos esperaban ser los ganadores de sus favores en cuanto el gobernador se cansara de ella. Todos sabían que en el palacio de Kargul era una práctica habitual el ceder los servicios de ciertos esclavos adiestrados a cambio de favores, y todos esperaban poder tener algo que el gobernador quisiera para pedir a cambio a Kisha, aunque fuera por una sola noche.
—Así que tú eres el regalo que me prometió el kahir de Romir.
Kisha se mantenía con la cabeza gacha, la mirada fija en las puntas de sus propios pies, y las manos recatadamente unidas por delante.
—Sí, excelencia —contestó. Aún no se había atrevido a mirar hacia el hombre que le había hablado aunque se moría de ganas de hacerlo. La voz le pareció profunda y seductora, pero con un toque de crueldad que le erizó el vello de la nuca.
—Mírame.
La orden sonó tajante y la voz resonó en las altas bóvedas del salón. Kisha obedeció y vio por primera vez al gobernador.
Era guapo. Mucho más alto que la media de los hombres que había visto hasta aquel momento. Anchos hombros y fuertes brazos que lo delataban como el guerrero que era. Tenía el pelo largo y negro
como una noche sin luna y su piel canela brillaba bajo la luz del sol que entraba por los altos ventanales. Tenía un mentón prominente y una nariz aristocrática, y torcía los labios en una sonrisa sarcástica mientras la miraba con unos profundos ojos grises como una tormenta. Vestía unas calzas anchas de color verde musgo enfundadas en unas botas de cuero negro, y su cintura estaba rodeada por una faja de satén rojo cuyos extremos colgaban a un lado. Llevaba el pecho desnudo, adornado con un gran medallón que indicaba la posición que ocupaba en la estructura del Imperio, y que reposaba sobre un torso lampiño y musculoso. Los fuertes bíceps estaban apresados por unas esclavas de cuero que remarcaban lo potentes que eran.
Era un hombre físicamente muy poderoso, y atractivo, y Kisha sintió que sus pezones se endurecían mientras su coño se humedecía ante aquella visión. Quizá no iba a ser tan duro servir a un amo como él. Había pensado que el gobernador sería un hombre seboso y de carnes fláccidas. Desde luego, no esperaba a un hombre como este.
—¿Me tienes miedo, esclava?
—No, excelencia —contestó deleitándose con aquella visión mientras sentía que la respiración se hacía cada vez más pesada.
—¿Por qué? —Había verdadera curiosidad en aquella pregunta. Era un hombre que estaba acostumbrado a que todos le temieran.
—Soy una propiedad valiosa, excelencia, y vos sois un hombre inteligente. No dañaríais algo inapreciable sin un buen motivo, y yo espero no dároslo.
El gobernador sonrió apreciando la honestidad de la contestación, que además lo halagaba.
—Estoy complacido contigo, esclava. ¡Ama! Que me espere en mis aposentos. Esta noche descubriré si la fama de las servidoras de Sharí es merecida o no.

Kisha esperó media hora, completamente sola. Aprovechó para admirar los aposentos del gobernador. Había una enorme cama de cuatro postes, con dosel y cortinas de terciopelo rojo. Las sábanas eran de satén blanco, suaves al tacto. Había una chimenea para ser usada durante las noches frías de invierno, y delante de ella, un diván. Las paredes estaban recubiertas con tapices de seda y oro, y unos ventanales daban a una inmensa terraza llena de exóticas plantas, desde la que se podía ver la inmensa ciudad de Kargul, con sus almenas doradas centelleando al sol. Unas cortinas de gasa nívea revoloteaban al compás de la brisa que penetraba, y otras de terciopelo rojo estaban sujetas a ambos lados del ventanal abierto.
Salió a la terraza y se asomó. Debajo, los jardines de palacio se extendían a un lado y a otro, llenos de plantas exóticas que nunca había visto, probablemente traídas de lejanas ciudades. Las palmeras repletas de dátiles ofrecían sombra a lo largo de los diferentes caminos que bordeaban los parterres que ofrecían un arco iris multicolor, y llenaban el aire de una fragancia dulce y sabrosa.
Apoyados en una de esas palmeras, una pareja de jóvenes amantes se abandonaban a sus caricias, y a pesar de la lejanía a Kisha le pareció que hasta ella llegaban los suspiros de los dos. Se besaban y acariciaban con ardor, y cuando la chica se agachó y engulló la polla de su amante con la boca, Kisha notó que su sexo se humedecía y sintió la necesidad de mover una de sus manos bajo la túnica transparente y empezar a acariciarse la vagina. Se mordió el labio conteniendo un gemido, y aceleró las caricias igualando el ritmo de las chupadas de aquella mujer sobre la polla del hombre. El día olía a dátiles y rosas, y olió su propio deseo. Hasta se imaginó que percibía el aroma del sexo desde tanta distancia.
La otra mano vagó hasta sus pezones y se pellizcó mientras se imaginaba las demandas de aquel hombre. Más fuerte, más rápido... Kisha pudo sentir cómo se construía su propio orgasmo, envolviéndose en su interior más y más rápido. Vio como el hombre agarraba la cabeza de su amante y la obligaba a engullirlo completamente para estallar en un orgasmo devastador que lo obligó a empujar una y otra vez en aquella boca jugosa. Kisha no tardó ni un segundo en sentir que su propio clímax se precipitaba a través de su cuerpo como el viento ardiente del desierto. Su cuerpo se estremeció cuando continuó acariciándose, alargando el orgasmo...
Unos fuertes brazos la rodearon por detrás. Kisha se quedó paralizada, con el corazón palpitante y la sangre corriendo ardiente, mientras su mente, aturdida por el orgasmo, luchaba por entender qué pasaba. El cuerpo aún temblaba por el clímax y un miedo repentino se añadió a sus convulsiones.
—Ese es el Jardín de las Delicias —dijo una poderosa voz susurrando en su oído, un murmullo ronco que envió una extraña emoción directamente a su corazón—. En él se reúnen los amantes para intercambiar besos robados y caricias ilícitas.
Ella no podía moverse. Los poderosos brazos que la rodeaban se lo impedían. A duras penas podía pensar.
—También envío aquí a mis guardias privados, cuando les quiero hacer un regalo especial. —El tono era tan bajo, rico y sensual que las rodillas de Kisha se debilitaron—. Y ellos agradecen mucho poder gozar de los favores de algunas de mis esclavas. Míralos —ordenó. La pareja de amantes clandestinos habían intercambiado las posiciones. Ahora era él el que estaba de rodillas y lamía con ansiosa necesidad la vagina de la esclava—. ¿Te excita verlos?
Kisha asintió con la cabeza, incapaz de hablar, y aguantó la respiración cuando la mano del gobernador se movió por su abdomen hacia sus muslos para deslizar los dedos sobre el montículo y en su hendidura mientras ella observaba como el amante desconocido en el jardín se levantaba del suelo y se posicionaba entre los muslos de la mujer, y la penetraba de una sola estocada.
—Mmm, liso. Me gusta una vagina bien afeitada. —La voz del gobernador era un susurro de seda mientras le acariciaba el clítoris—. Maldición, estás muy mojada. —Deslizó los dedos en su interior—. Y muy apretada. Mi polla se sentirá muy bien enfundada ahí dentro.
Un grito ahogado se izó en el interior de Kisha ante la increíble sensación de esos dedos dentro de ella, y la polla dentro de las calzas presionando con dureza contra su culo.
—¿Qué crees tú, esclava? —La mano voló hacia su clítoris, acariciándolo, y Kisha gimió sin poder evitarlo—. Me apuesto lo que quieras a que también sabes deliciosamente.
Kisha tembló como un tifón cuando el gobernador le acarició el cuello con los labios, presionando sus firmes labios.
—Hueles a coco y a sexo. —El gobernador movió los labios hacia detrás de su oreja, y ella se estremeció—. Perfecto para comer.
Los sentimientos licenciosos se alzaron y enroscaron por todo el cuerpo de Kisha. Una y otra vez el gobernador la acariciaba y murmuraba palabras eróticas en su oído, hasta que el orgasmo más intenso que hubiera sentido alguna vez detonó en su interior. Un grito de placer rasgó el aire, su cuerpo se estremeció y se meció contra el gobernador mientras él continuaba acariciándola, alargando el clímax hasta que ella no pudo aguantar más.
Nunca había sentido algo así. En todo el tiempo que había estado en el templo de Sharí, abandonándose a las caricias con sus compañeras novicias, ninguna de las bocas o las manos que la habían acariciado la había llevado tan lejos.
—Ex...celencia —atinó a murmurar. Tenía las manos fuertemente agarradas en la baranda de mármol de la terraza, pero solo se sostenía en pie porque él la tenía bien sujeta con su poderoso brazo. No sabía qué quería decir, ni siquiera sabía qué debía
decir. Después de tantos años de entrenamiento en protocolo, se encontraba sin palabras—. ¿Gracias?
La risa retumbó contra su espalda.
—Hay una manera de darme las gracias mucho más agradable para mí, esclava.
Tiró suavemente de los prendedores que sujetaban la túnica de Kisha, y esta se cayó al suelo, arremolinándose en un charco a sus pies. La suave brisa que provenía del desierto acarició sus pechos y los pezones se arrugaron en unos preciosos guijarros.
—Date la vuelta.
La orden imperiosa fue proferida con suavidad. Ella se giró y quedó frente a un amplio pecho musculoso, dorado por el sol y marcado por algunas cicatrices que no había visto antes, durante la recepción en el salón, probablemente a causa de la distancia que los separaba. Alzó la mirada con atrevimiento, y se encontró con unos ojos oscuros como el chocolate caliente que la miraban con apreciable deleite.
—Arrodíllate y tómame con tu boca.
Kisha se arrodilló, obediente, y abrió los pantalones deshaciendo los nudos de seda de la bragueta para envolver los dedos alrededor de la polla del gobernador. Su pelo brillaba como oro bajo la luz del sol. Arremolinó la lengua sobre la cabeza del pene. Las caderas del gobernador se arquearon y deslizó las manos en el pelo de Kisha, incapaz de estar sin tocarla. A duras penas podía recordar cómo se respiraba mientras miraba los labios sensuales deslizarse por su polla, engulléndolo completamente. Su boca se sentía caliente y húmeda, mucho mejor de lo que se había imaginado cuando la vio en el salón.
Sus ojos se encontraron mientras ella seguía moviendo los labios con cuidado, arriba y abajo por la polla. Kisha movió una mano hacia los testículos, jugando con ellos con suavidad mientras que la otra mano seguía el movimiento de su boca.
Él cogió los mechones dorados entre sus dedos y apretó los dientes con fuerza. En respuesta, ella hizo un zumbido con la garganta. La vibración ardió por su pene como un fósforo. Sus testículos se prepararon y la ingle se apretó cuando la sensación lo lanzó al borde y lo llevó a un orgasmo explosivo.
Las manos del gobernador se aferraron al pelo de Kisha cuando el clímax se fue apagando y su polla seguía aún en la boca. Ella nunca lo dejó ir. Siguió succionando hasta habérselo tragado todo, y habría seguido haciéndolo si él no la hubiese obligado a abandonar.
Respiraba con dificultad. El sudor refrescaba su piel. Cuando él le sonrió abiertamente, Kisha se lamió los labios como un gato que se limpia las últimas gotas de leche.
Él le acarició la mejilla con el dorso de la mano, complacido. Después se separó de ella y, sin decir una palabra, se guardó la polla dentro de los pantalones y abandonó el dormitorio.


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