jueves, 26 de julio de 2012

Relato: Niños de la guerra


Según las cifras oficiales, hoy en día hay 300.000 niños y niñas que son utilizados como soldados en todo el mundo, pero teniendo en cuenta que en la mayoría de países en que se sigue esta práctica, no hay registros de nacimientos ni identificaciones, es seguro que la cifra real es mucho mayor.



            M. tenía siete años cuando los mayi-mayi lo reclutaron a la fuerza. Volvía a su casa de la iglesia local con otros niños, después de haber estado toda la tarde peleándose con las letras y los números. El misionero siempre les decía que el mejor camino para escapar de su miseria era el conocimiento, y él le creía. Soñaba con un futuro mejor que el que tenía, un futuro en el que ni él ni sus hermanos pasaban hambre, y en el que su madre tenía las medicinas que necesitaba para combatir el VIH que le habían contagiado la última vez que la violaron.
            Llegaron con sus jeeps haciendo ruido, rompiendo el monótono zumbar de la naturaleza a su alrededor. Intentó huir, corriendo desesperadamente, intentando fundirse con las altas hierbas que flanqueaban el camino. Su corazón golpeaba furioso contra su pecho amenazando con romperse. Los gritos de sus amigos atronaban en su cabeza y era como si el ruido de los disparos quisieran hacer estallar sus oídos.


Lo cogieron. Un soldado que a él le pareció un gigante lo agarró por el cuello y lo arrastró mientras se reía de su miedo. Pataleó, chilló y mordió, y lo único que consiguió fue que le tiraran de una patada al fondo del camión donde sus compañeros de colegio se habían acurrucado, y supo que nunca más volvería a su casa.
            Lo llevaron a un campo de entrenamiento. Sólo tenía siete años, estaba asustado y hambriento, y le enseñaron a golpes cómo utilizar un fusil para matar. Ni siquiera se atrevía a llorar, no después de ver lo que les ocurría a los débiles.
            La primera vez que tuvo que matar la sangre salpicó su cabeza. Se secó en su cara y pasaron muchos días antes que pudiera lavarse. Pensaba en escapar pero ¿a dónde podía ir? Después, la muerte se hizo algo habitual; los sentimientos desaparecieron, y su corazón se endureció tanto que, cuando una ráfaga de disparos le destrozó la pierna y fue abandonado a su suerte por sus “compañeros de armas”, era un cascarón vacío. No luchó por sobrevivir. Ni siquiera sabía quién le encontró y le llevó al hospital. Sólo tenía once años y había tantos muertos sobre su conciencia, que ya había perdido la cuenta.
 Pero ellos no se habían olvidado de él.
            Ahora tiene diecisiete años y los muertos siguen visitándole en sus pesadillas. No hay noche que no le llamen, gritando su nombre, persiguiéndolo, preguntándole por qué.  No son los otros soldados a los que había matado los que le rondan. Son los inocentes. Las niñas que había visto violar, los niños que había ayudado a secuestrar como le secuestraron a él, las madres que gritaban pidiendo misericordia para sus hijos cuando veían que eran arrastrados a los camiones, reclutados a la fuerza, y que acababan violadas entre las risas de los combatientes; los compañeros ejecutados de un disparo en la cabeza por cobardes, las compañeras azotadas por negarse a follar con sus superiores.  
Se despierta gritando, derramando todas las lágrimas que se habían acumulado a lo largo de los años en que vivió en el infierno.
Muchas veces se pregunta por qué no murió cuando le abandonaron, por qué se aferró a la vida cuando no había nada para él más que dolor. No hay respuesta a esa pregunta, y sólo le queda seguir adelante, dando un paso detrás de otro, sin esperar nada.

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