El blog de D.W. Nichols Autora de novela romántica y erótica

miércoles, 15 de abril de 2015

La princesa sometida, primer capítulo



—¡No llores!
La mano abierta voló hasta chocar contra la mejilla de la pequeña Rura, que cayó al suelo de rodillas y se mordió los labios con fuerza para acallar los sollozos que hasta aquel momento salían desgarradores por su boca. El pequeño cuerpecito tembló cuando vio que su padre volvía a moverse con la mano levantada, yendo hacia ella.
Al final el príncipe Nikui se detuvo muy cerca, pero no volvió a pegarla. Se quedó allí mirándola, resollando enfurecido, hasta que habló.
—Nunca debiste haber nacido. No sirves para nada.
Salió de allí, dejando a la pequeña Rura, de seis años, temblando en el suelo de su habitación.
Rura sabía que su padre tenía razón. Estaba maldita. Su nacimiento fue un error, y con su llegada causó la muerte de su madre Surebu, la concubina favorita del príncipe heredero. Nunca permitían que lo olvidase. Ninguno de ellos.
Se levantó y arrastró sus pequeños piececitos hasta el camastro que le hacía de cama. Su habitación era diminuta, comparada con las de sus hermanas. Claro que ella era una bastarda, y sus hermanas, princesas imperiales.
Rura no tenía muy claro qué significaba ser una bastarda, pero sabía que era algo malo porque cuando la llamaban así, lo hacían en un tono de desprecio que la hacía temblar y le provocaba ganas de llorar.
Pero una princesa no debía llorar.
 Nadie la llamaba así, princesa, excepto ella misma. Al fin y al cabo, era hija de un príncipe, ¿no? así que por fuerza  tenía que ser una princesa.
Se metió dentro del camastro y se acurrucó, tapada con la manta.
¿Por qué su padre no la quería? Lo había visto con sus hermanas, y con ellas era hasta cariñoso. Las hacía reír y las acariciaba. Pero nunca a Rura.
Su pequeña cabecita dio vueltas y más vueltas. Había muchas cosas que no comprendía aún, pero se haría mayor y las entendería. Estaba tan segura de eso como de que cada día salía el sol, y que en invierno, nevaba. Encontraría la manera de que su padre la amase, se dijo cerrando los ojitos.

—Es la hora.
La voz de Kayen resonó por el cuarto donde Rura había estado recluida desde su traición. Había enviado a un asesino a por su marido, el gobernador, y había fallado. Kayen seguía vivo y su padre la había abandonado a su suerte al darle carta blanca para que la castigase como mejor le pareciese.
Otra vez sola, y abandonada.
Respiró con resignación y se levantó, orgullosa. Su orgullo era lo único que le quedaba en estos momentos.
—¿No vas a cambiar de opinión? —le preguntó, altiva.
—No. Pasarás el resto de tu vida encerrada en el monasterio de las Hermanas Entregadas.
La voz de Kayen sonó como un látigo a sus oídos, pero asintió con la cabeza, aceptando su destino.
—Muy bien.
Caminó atravesando la habitación, con Kayen yendo detrás de ella, escoltándola hasta la puerta.
—Rura.
Se detuvo al oír la voz del que había sido su marido hasta aquel momento, y giró el rostro para mirarlo a los ojos. Fuera lo que fuese lo que iba a decirle, lo encararía sin demostrar ni un solo sentimiento en su cara.
—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó el gobernador.
Ella lo miró a los ojos durante unos instantes, valorando si debía decirle la verdad o no.
—¿El qué? ¿Intentar matarte, o golpear a tu esclava? —preguntó finalmente.
—Las dos cosas.
—¿De veras te importa? —le preguntó con evidente desprecio en la voz.
—Sí. Si no fuese así, no te hubiera preguntado.
—Muy bien. —Asintió con la cabeza, la ladeó un poco, y esbozó una sonrisa fría como la nieve—. Porque tu corazón debería haber sido mío, pero se lo entregaste a ella en el mismo momento en que la viste.
—Tú nunca quisiste mi corazón.
—En eso te equivocas, Kayen. Lo quería… para destrozarlo.
Se giró y abrió la puerta, dejándolo atrás mientras salía de la habitación y se encaminaba hacia el exterior. Cuatro guardias de palacio, que hasta aquel momento se habían mantenido en el pasillo, vigilando la entrada a sus aposentos, la siguieron.
Kayen la siguió, negando con la cabeza, sin comprender por qué aquella mujer lo odiaba tanto, hasta el punto de intentar matarlo.
Rura atravesó el palacio con la cabeza bien alta, orgullosa y altanera como siempre, con la barbilla levantada y una media sonrisa de desprecio en los labios.
Estuvo a punto de decirle a Kayen la verdad, pero al final había optado por no hacerlo. ¿Para qué? Él jamás la creería, y pensaría que lo hacía como venganza contra su padre, pero la verdad era que Nikui, el gran príncipe heredero, era quién había ordenado su muerte. ¿Por qué? No lo sabía. Nunca hacía preguntas cuando su padre le ordenaba hacer algo, simplemente obedecía.
Debería haberse imaginado que si fallaba, su padre la dejaría a su suerte. Si hubiese guardado los mensajes que le enviaba, y que Yhil, el senescal de palacio, le entregaba a escondidas de Kayen… Pero era una hija obediente, y siempre los quemaba después de leerlos.
Hacía muchos años que había descubierto cuál era el precio de la desobediencia.
Cruzó el vestíbulo y salió al exterior. Allí la esperaba el palanquín en el que viajaría, y la escolta armada que la protegería durante el viaje.
—¿Y mi doncella? —preguntó al ver que la mujer que la había servido fielmente durante años, no estaba allí.
—No necesitarás ningún sirviente a donde vas —contestó Kayen.
Rura lo miró fijamente. La ira le oscureció los ojos, que brillaron como estrellas. Pensó en pedirle que cuidara bien de ella, pero desistió: el orgullo le impidió suplicar, ni siquiera por la mujer que había sido como una madre para ella.
Subió al palanquín, los porteadores tomaron su sitio para levantarlo, y se pusieron en marcha.

Viajaron hacia el norte durante días. Kargul era una tierra en parte inhóspita, con zonas casi sin vegetación, en la que caía un sol de justicia.
Durante las primeras jornadas, tenían que hacer un alto durante las horas en que el sol estaba en lo más alto porque el calor era tan insoportable, que era peligroso. Montaban unos toldos para guarecerse, y allí, bajo la sombra que les proporcionaba, comían.
Rura aprovechaba estos descansos para estirar las piernas. Ir en palanquín era cómodo, pero después de varias horas, las piernas se entumecían y empezaba a doler la espalda.
El paisaje que la rodeaba era muy parecido a su vida: estéril, vacía, sin propósito.
Había dedicado cada minuto de su existencia a complacer a su padre, luchando por ganar su aprobación, y todo la había llevado hasta este punto: a una completa soledad, y a tener el corazón yermo.

—Rura, cariño. Tu padre quiere verte, y te está esperando en el jardín de las princesas.
El rostro de la pequeña, de ocho años, se iluminó con una sonrisa. ¡Su padre la mandaba llamar! Hacía semanas que no lo había visto. La última vez la miró de una manera diferente, incluso le sonrió.
Corrió atravesando el palacio, esquivando a criados, esclavos y a grandes señores por igual, con sus pequeños piececitos descalzos deslizándose sobre los mármoles que adornaban el suelo.
Cuando llegó a la puerta del jardín, se paró para recuperar el aliento. Sacudió la ropa que llevaba, que a ella le parecía muy bonita pero no era más que uno de los muchos vestidos que sus hermanastras, las princesas imperiales, habían descartado porque ya no estaban a la moda.
Cuando el ritmo de su respiración se calmó, echó los hombros hacia atrás, levantó la barbilla, y cruzó la puerta.
Su padre estaba de pie al lado de un rosal, observando a su esposa y sus hijas, que estaban jugando a varios metros de él.
Se acercó con cuidado, temerosa, y cuando llegó a su lado, carraspeo para llamar su atención.
—Alteza —dijo cuando él le miró, e hizo una reverencia.
—Rura. —Su padre la miró durante unos segundos. En su rostro no había ningún signo de alegría por verla, y la pequeña sintió cómo un estremecimiento la recorría desde la cabeza a los pies—. Me han dicho que ya tienes ocho años.
—Sí, Alteza.
Su padre asintió con la cabeza. Seguía mirando a sus hijas legítimas.
La mayor, Hana, tenía diez años, los labios rosados y el pelo negro brillante como una noche estrellada. La mediana, Mün, con siete años, era una niña pizpireta que no paraba quieta ni un segundo, y provocaba las risas de su madre con sus travesuras. La pequeña, Suta, de cinco años, era una niña tranquila que se entretenía sentada en el suelo, al lado de su madre, jugando con una muñeca de porcelana.
—Ya es hora que ocupes el lugar que te corresponde. —Rura sintió que la alegría empezaba a burbujear en su estómago y una sonrisa empezó a nacer, para morir rápidamente cuando su padre siguió hablando—. Serás una buena doncella para mis hijas. Llevas su misma sangre, y les serás leal como corresponde. No me defraudes, Rura.
Ella no contestó. Se limitó a hacer una reverencia y a permanecer quieta, con el corazón helado.

Las montañas Tapher se veían a lo lejos. Aún quedaban varios días de viaje para llegar al fuerte que vigilaba el paso entre las montañas, pero la vegetación era más abundante y el calor ya no era tan sofocante. Podían viajar durante todo el día, haciendo un pequeño descanso para comer, y ya no necesitaban los toldos para refugiarse del calor durante el mediodía.
Rura estaba cansada y sucia. No había podido darse un baño desde el día que partieron de Kargul. Olía mal, y no había ningún perfume que pudiera disimularlo.
Nadie de la escolta hablaba con ella. Lo había intentado durante los primeros días, pero todos se limitaban a mirarla sin mostrar ningún sentimiento y se daban la vuelta, dándole la espalda. La despreciaban por lo que había hecho, y ella no podía culparles.
Después de días pensando en ello, también empezaba a despreciarse a sí misma.
Siempre había estado prisionera, y no había tenido ninguna oportunidad de saborear la tan cacareada libertad. Kisha, la esclava de la que se había enamorado su marido Kayen, había sido más libre que ella, cautiva de su afán por satisfacer a su padre y ganarse su aprobación.
Volvía a sentirse como cuando era niña, rezando a todos los dioses para que alguien, quien fuera, le mostrara un poco de cariño.
Por las noches lloraba en silencio, y se enfurecía consigo misma cuando notaba que las lágrimas rodaban por sus mejillas. Su padre le repetía una y otra vez que ella no podía llorar. Era su hija, llevaba su sangre, y no podía demostrar ningún sentimiento.

Tenía nueve años cuando los encontró. Eran pequeños, y tan peluditos, que se quedó mirándolos maullar durante unos minutos. Pero salió corriendo cuando Hana, su hermanastra, la llamó. Iba a salir a cabalgar, y ella tenía que acompañarla porque una princesa imperial no podía ir  acompañada solo por el mozo de cuadras.
Rura odiaba los caballos. Le parecían unos animales estúpidos y maniáticos, tan cobardes que se asustaban de cualquier ruido, pero no le quedaba más remedio que hacer lo que Hana le ordenaba.
Cuando regresaron de cabalgar, la ayudó a bañarse y, cuando terminó de vestirla y pudo retirarse, corrió de regreso a las caballerizas para jugar con los gatitos.
Hana apareció al cabo de pocos minutos.
—¿Qué haces aquí, Rura? —le preguntó con los ojos entrecerrados y los brazos en jarras—. Te he estado llamando, estúpida. Necesito que me cosas esto.
Se levantó el quimono y le enseñó un roto.
—Ahora mismo voy, Alteza —contestó la pequeña, dejando en el suelo uno de los gatitos, que había tenido en el regazo hasta aquel momento.
—Estos animales son asquerosos —gruñó Hana con una voz muy  poco femenina—. Deberían matarlos a todos.
—Shinro dice que son necesarios —se atrevió a replicar—. Mantienen a raya a las ratas y ratones.
—¡En el palacio de mi padre no hay de eso! —gritó Hana. Rura no se atrevió a contradecirla, pero así y todo, la princesa se enfureció—. ¡Eres una estúpida! ¡Te has llenado la ropa de pelos! ¡No quiero que entres en palacio con la ropa así! ¡Me ensuciarás a mí! ¡Quítatela!
El rubor por la vergüenza, cubrió las mejillas de Rura. Estaban a pleno día, y había un buen trecho entre las caballerizas y palacio, y después, tendría que caminar entre toda la gente que lo abarrotaba.
—No pienso hacer eso, Alteza —susurró, no atreviéndose a levantar la voz—. Iré primero a mi habitación y me cambiaré. Después le coseré el roto.
—Te he dicho —dijo Hana apretando los dientes— que te quites la ropa.
Rura negó con la cabeza, luchando porque las lágrimas no se derramaran.
Hana, enfurecida, sonrió de aquella manera que hacía temblar a la pequeña.
—¿En serio? Bien, tú lo has querido. ¡Shinro! —gritó. En unos momentos, el jefe de las caballerizas apareció y se inclinó delante de la princesa.
—¿Si, Alteza?
—Coge ese bicho asqueroso —dijo señalando al gatito que Rura había tenido en su regazo, y que maullaba desconsolado llamando a su madre—, y mátalo.
—¡No! —gritó Rura—. Por favor, no lo hagas.
—Pues haz lo que te he ordenado.
Rura se dio por vencida. Hizo lo que Hana le había ordenado, y se paseó por todo el palacio en ropa interior, caminando detrás de la princesa, hasta llegar a las dependencias privadas de esta.
Cuando su padre, el príncipe Nikui, se enteró, fue a buscarla enfurecido.
—¿Te dejaste manipular por Hana? —gritó mientras le daba la primera bofetada—. ¿Para salvar a un mísero gato? —Le dio la segunda—. Me has decepcionado otra vez, Rura. Siempre me defraudas. ¡No sirves para nada!
Se fue, caminando con brusquedad a grandes zancadas, dejando a su hija bastarda en el suelo, con las mejillas amoratadas pero sin soltar ninguna lágrima.
La siguiente vez que Hana la amenazó con asesinar a un gatito si no hacía lo que ella quería, lo mató con sus propias manos.

Desde el fuerte, las montañas Tapher se veían inmensas. Eran como una enorme mandíbula llena de dientes coronados de nieve, y Rura se estremeció mientras las miraba, aunque no supo si por el frío que bajaba de ellas, o por la ansiedad que sentía, que aumentaba con cada día que se acercaba más a su destino.
Al día siguiente se internarían allí, en el paso angosto que discurría entre altas paredes de piedra. Ascenderían durante tres jornadas, y llegarían al monasterio de las Hermanas Entregadas, donde pasaría el resto de su vida.
Las Hermanas Entregadas.
Rura nunca había comprendido qué podía llevar a una mujer a vivir encerrada entre cuatro paredes, sin contacto con el exterior, en un lugar alejado de cualquier signo de civilización. Había oído que se hacían su propia ropa, unos hábitos de lana vasta que ellas mismas tejían después de esquilar e hilar la lana de las ovejas. Se pasaban el día rezando y trabajando, sin hablar, y la disciplina era impartida con mano dura para aquellas que osaban desviarse del camino.
Aquella noche, a pesar del baño relajante que pudo darse antes de meterse en la cama, no pudo dormir.

Al día siguiente, cuando dejaron atrás el fuerte y penetraron en el estrecho paso entre las montañas, Rura sintió que todo había acabado para ella.

Al anochecer, los atacaron.

lunes, 13 de abril de 2015

Relato: Bajo la luz de la luna

Bajo la luz de la luna

Precuela Manada de Midtown.

Relato publicado en la segunda edición de La noche de la luna azul.




El día que Lony Bellamy puso los pies en Midtown por primera vez, lo hizo llevando un equipaje cargado de dolor y pérdida. Su padre, Rosh Bellamy, un cambiante pantera que durante su juventud había recorrido el mundo entero, hacía poco que había muerto en un aparatoso y estúpido accidente de tráfico, dejándolas a su madre, Rachel, y a ella, con el alma rota de dolor.


Intentaron seguir adelante en Nueva York, la ciudad que había sido su hogar hasta aquel momento. Cuando murió, Rosh era el propietario de una pequeña empresa de reformas y le iba bastante bien, así que ambas se aferraron a la idea de hacerse cargo de ella. Sabían que al principio iba a ser difícil y que no tendrían ayuda de nadie porque para la manada de Nueva York ellas dos eran menos que nada: una humana y una mestiza que nunca habían sido aceptadas en el seno de la comunidad y cuya presencia solo era consentida a causa de la reputación del que era marido y padre, respectivamente.


Fue un fracaso. La empresa no iba tan bien como Rosh les había hecho creer, y en los últimos meses antes de su muerte había acumulado demasiadas deudas, hasta el punto de tener que pedir un préstamo, poniendo como garantía la casa en la que vivían, para no perderla. Y a la semana de su muerte, la deuda fue reclamada.


Lony recordaba con total exactitud el día que fueron convocadas a la presencia del Alfa de Nueva York. Aquel hombre arrogante, el padre de Jackson, el muchacho al que había amado con todo su corazón cuando tenía dieciséis años, les reclamaba los doscientos mil dólares que su padre le debía, amenazándolas con desahuciarlas si no pagaban. Nunca podría olvidar el desprecio que destilaban sus ojos mientras las miraba, y el destello de satisfacción cuando su madre admitió entre lágrimas que no tenían ese dinero, ni manera alguna de conseguirlo.


Tuvieron que abandonar la casa y mudarse a un pequeño apartamento lleno de mugre, en un barrio poco recomendable. Rachel Bellamy se puso a trabajar limpiando oficinas durante la noche, y Lony se vio obligada a dejar la universidad en su último año de carrera para ponerse a servir mesas en un restaurante de mala muerte. Hasta que pasados unos meses, desesperada por el amargo futuro que las esperaba, su madre se tragó el orgullo e hizo lo que su marido le había dicho el mismo día que se casaron: «Si alguna vez tienes problemas y yo no estoy para ayudarte, acude a Jam Redfield».


Así fue como acabaron en Midtown, un pueblo perdido del Medio Oeste, hogar de la manada utópica, como la llamaba su padre; un pueblo rodeado de bosque por un lado, y de campos de cultivo por el otro; una pequeña ciudad en la que convivían pacíficamente humanos y toda clase de cambiantes, y donde ella, había dicho Rachel, no sería marginada por ser mestiza.


Lony no la creyó. Pensó que su madre lo decía para tranquilizarla y tranquilizarse, así que llegó a Midtown esperando ser recibida con malicia y rechazo. Pero todo cambió en el mismo instante en que Aidan Redfield, el hijo del Alfa, las recibió en la parada del autobús en que llegaron, con una sonrisa radiante que a ella le pareció más luminosa que el sol. Este hombre, alto y rubio, guapo como un dios griego, y con unos ojos verdes esmeralda que brillaban con picardía, la hizo sentir en casa desde el primer momento en que la miró.


Midtown era tan pequeño que encontrarse con Aidan cada vez que pisaba la calle, era inevitable; peor aún, su madre, al saber que sus padres, Jam y Sarah, estaban de viaje y que no tenía «quién cuidara de él», se empeñó en invitarlo a cenar cada noche. La excusa era demostrar el agradecimiento que sentían por haberlas acogido, pero Lony temía que Rachel había visto en sus ojos el inmediato interés que Aidan había despertado en ella en el mismo instante que le vio por primera vez.


Intentar emparejarlos era una locura, y Rachel debería saberlo. Aunque Midtown fuese tal y como su padre les había contado, Aidan era el hijo del Alfa, y ella una mestiza. Enamorarse de él sería volver a pasar por el mismo infierno que ha había vivido con Jackson, revivir otra ver la humillación de ser repudiada como algo que no valía nada.


El día que Jackson la dejó, su mundo se hizo trizas y se vio por primera vez en su vida como nunca antes lo había hecho: un monstruo, un error de la naturaleza, un ser de segunda categoría que no merecía estar en la misma habitación que los sangre pura. Las razones que Jackson le dio para dejarla, fueron que «su padre no aprobaba su relación a causa de la sangre humana que corría por sus venas, y por el hecho de ser, además, una pantera negra, un animal que no era más que un leopardo enfermo».


Aquello la destrozó. ¡Había estado tan orgullosa de su negro pelaje, que brillaba bajo la luna como un manto estrellado! Pero Jackson la había dejado por ello y se encontró odiándose a sí misma. Le costó mucho darse cuenta que no tenía nada por lo que avergonzarse, que su aspecto exterior y la sangre que corría por sus venas no eran cosas por las que debían juzgarla. Tuvo que crecer, dejar pasar un par de años y arroparse en el amor incondicional de sus padres, para tener la certeza que el problema no estaba en ella, sino en Jackson. Si él la hubiera amado de verdad no habría permitido que su padre se interpusiera entre ellos. Si la hubiese querido como ella a él, ninguna ambición habría estado por encima de su felicidad.


Aidan no era como Jackson, sobre eso no tenía ninguna duda; y si Jam fuese igual al Alfa de Nueva York, su padre no lo habría considerado su mejor amigo. Aun así, el dolor que había sentido estaba demasiado presente en su memoria como para arriesgarse de nuevo. Por eso intentaba no quedarse embobada mirándolo cuando estaban cerca y, desde luego, jamás coqueteaba con él como hacía con los otros.


Lo de coquetear con otros sabía que era una estupidez. Lo hacía porque a veces lo sorprendía mirándola fijamente, como si ella le interesara, y quería darle celos. En su desbordada imaginación lo veía perdiendo el sentido común y actuando como un verdadero cavernícola, llevándosela colgada de su hombro como un saco, de donde quiera que estuviesen. O ronroneando y acariciándola con el hocico cuando salían por las noches, en su forma de pantera, a corretear por el bosque. Este bosque en el que estaban ahora, bajo la luz de la luna.



Aidan la rondaba desde hacía días. Exactamente desde el mismo momento en que Lony llegó a la manada un mes atrás. Con veintitrés años, esta mujer pantera lo estaba volviendo loco. Había llegado con su madre para refugiarse en Midtown después que un trágico accidente hubiera matado a su padre. Rosh, el padre de Lony, había sido un buen amigo de la familia durante mucho tiempo y cuando su viuda le pidió refugio para ella y su hija, no pudo negarse, a pesar que realmente él nunca había llegado a conocer en persona al difunto. 


Aidan había crecido con las historias que le contaba su padre sobre sus aventuras con Rosh y Owen en África, donde se habían salvado la vida mutuamente muchas veces, y aunque el destino los había separado de él, el padre de Aidan seguía considerando a Rosh su mejor amigo.


La primera vez que Aidan vio a Lony, su madre y ella acababan de llegar a Midtown. Como jefe en funciones de la manada mientras sus padres estaban de viaje celebrando sus cuarenta años de feliz matrimonio, le correspondió a él recibirlas en la estación de autobuses. Cuando vio bajar a una exuberante morena del autobús que venía de Nueva York, se quedó sin respiración. Llevaba una minifalda de cuero que a duras penas le cubría los muslos y un top rojo que dejaba los hombros y el vientre al descubierto. Nada de huesos marcados en la dorada piel. Su cuerpo era todo redondeces, desde los impresionantes pechos hasta las nalgas respingonas. Una mujer de verdad, no esos sacos de huesos que hoy en día tanto se estilan y que a él le producían náuseas. 


Sólo el verla hizo que su polla palpitara de emoción.


Cuando fue evidente que aquella impresionante belleza era una de las dos personas que estaba esperando, no supo si echarse a reír o a llorar. Las acompañó hasta la casita que había preparado para ellas en las afueras del pueblo, las ayudó a instalarse y después de prometerles que al día siguiente, cuando hubieran descansado del viaje, les presentaría al resto de la manada de Midtown, se marchó a su casa.


Había pasado un mes desde entonces. La madre de Lony, Rachel, era peluquera, y él le había encontrado trabajo en uno de los salones de belleza de la pequeña ciudad. La mujer estaba tan agradecida que se empeñaba en que fuera a su casa cada noche, a cenar. Y él iba, por supuesto. Una oportunidad diaria de ver a Lony, hablar con ella e incluso de corretear por el bosque amparados por la oscuridad de la noche, no podía dejarla pasar.


Se habían adaptado rápidamente a la manada. Incluso Rachel, siendo totalmente humana como era, no tuvo ningún problema, aun cuando las normas de la manada aquí eran muy diferentes de las de Nueva York. Rachel sonreía cuando decía que eran primitivos y absolutamente bárbaros, pero lo decía con un tono de voz que delataba lo maravilloso que le parecía. Que la manada de Nueva York las hubiese echado de su propia casa, dejándolas en la indigencia, no decía nada bueno de ellos. Aquí habían encontrado una oportunidad de reanudar su vida y la mujer parecía feliz, a pesar del dolor que se veía en sus ojos. Perder a su marido después de tantos años, y en un estúpido accidente de coche, había sido un golpe brutal para su alma.


Y aquí estaba Aidan, un mes después de su llegada, corriendo por el bosque persiguiendo a Lony a través de la oscuridad.


La muchacha encendía sus instintos más primitivos. Cada vez que la veía, su polla palpitaba. Cada vez que reía, su pene saltaba de emoción. Y cuando corrían libres bajo la luna, ellos dos solos, como en este momento, su miembro ya no sabía qué hacer. Su mente estaba confundida. Nunca, en sus treinta años, se había sentido así por una mujer. Había tenido amantes, por supuesto, pero ninguna que pudiera llamar especial, ninguna que le durara más de tres o cuatro noches. Las mujeres pantera solían ser bastante promiscuas hasta que escogían compañero y él, como cualquier otro macho, se aprovechaba de eso, tanto como lo hacían ellas. Pero Lony... con Lony era diferente. En un mes no se había atrevido a acercarse a ella de esa forma.


La había estado observando mientras interactuaba con otros machos y se había dado cuenta que era diferente a las demás. Quizá por el hecho de ser mestiza, su comportamiento sexual era más humano que pantera. Tonteaba con algunos, pero nunca se había ido a solas a correr por el bosque con nadie. Excepto con él. Y con él no había tonteado ni una sola vez. ¿Quizá lo veía más como un amigo? Eso sería una putada, porque desde luego él no la veía así.


Se internaron más en el bosque, Lony corriendo delante de él sin mirar atrás. En este mes transcurrido se había dado cuenta que por mucho que corriera, él era más rápido y que no tenía que preocuparse de perderse. Aidan siempre estaba allí para señalarle el camino de vuelta a casa.


Llegaron al centro del bosque, donde el arroyo caía en una pequeña cascada y formaba un precioso estanque de aguas tranquilas. Aidan sonrió en su forma de pantera, mostrando los colmillos mientras detenía su carrera. Lony se había lanzado al agua y estaba chapoteando, feliz y libre. ¿Quién decía que a los felinos no les gustaba el agua? 


Aidan saltó a la laguna y empezó a jugar con Lony, empujándola con su enorme cabeza negra, mordisqueándola suavemente. Quería incitarla, buscar una respuesta en ella. Si salía del agua y se apartaba de él, después le pediría disculpas. Si no... ya vería lo que sucedía.


De repente, ella se transformó en humana de nuevo. El agua ondulante a duras penas le cubría los pechos, y las gotitas que resbalaban por su piel reflejaban la luz de la luna que se colaba a través de la espesa canopia. Tragó saliva, nerviosa, y lo miró con timidez.


Aidan se transformó también y se acercó a Lony muy despacio, con una sonrisa en los labios. Se miraron a los ojos sin decir nada, y Lony también sonrió, iluminando sus ojos con un destello de deseo. Él le ahuecó las mejillas con las manos, acariciándoselas con los pulgares.


—Lony... —susurró, y aunque su nombre se mezcló con el arrullo de la cascada y el murmullo de las hojas de los árboles, sacudidas por la brisa, para ella fue como una modesta caricia que le erizó la piel.


Le miró los labios y se lamió los suyos, provocando y deseando sentirlos en su cuerpo. Tembló, pero no de frío, sino de expectación.


Aidan bajó la boca hacia ella y la besó, irrumpiendo con la lengua, explorando ávidamente cada rincón deseado. Sabía a café y a tarta de manzana; a bosque salvaje y a luna llena; sabía a hogar.


Lony se lo devolvió con la misma intensidad, perdiéndose en las sensaciones que recorrían todo su cuerpo. Deslizó los brazos hasta el cuello y lo acercó más, instándolo a profundizar el beso, ansiosa. Los pechos se aplastaron contra los pectorales, y la erección de Aidan se apretó contra el vientre plano de la muchacha. Cuando él rompió el beso, ambos respiraban con agitación. Él apoyó la frente contra la de ella, y la devoró con la mirada.


—Aidan... —susurró con voz entrecortada.


—¿Si?


—Quiero...


—¿Qué quieres, preciosa?


—A ti...


Aidan la cogió en brazos y la llevó hasta la orilla, donde había una gran roca plana medio hundida en el agua. La depositó allí con suavidad. El agua le llegaba a Lony hasta las rodillas y sus pechos quedaron completamente a la vista.


Chupó uno de los pezones con avidez, amamantándose como un cachorro. Ella gimió de placer mientras el fuego se arremolinaba en su coño. Rodeó la cintura de Aidan con las piernas mientras sus manos subían por la espalda hasta llegar al pelo, hundiéndose en su melena rubia, apretándolo contra ella como si quisiera que la abrasara.


Él pasó a su otro pecho, chupando el pezón, lamiéndolo con la lengua, mientras deslizaba las manos por sus caderas. Una mano se perdió en la entrepierna, acariciando los sedosos rizos, y uno de los dedos se hundió en su interior.


Lony gimió, retorciéndose de placer, mientras el dedo de Aidan jugueteaba con su coño, acariciando el clítoris, y su boca seguía provocando los pezones. Ella le tiró del pelo para obligarlo a subir el rostro hasta que quedaron cara a cara, y lo atrajo hacia ella para besarlo de nuevo. Sabía a selva, a libertad, a algo loco y peligroso que se le había introducido en la sangre y había revoloteado para anidar en su corazón.


Oleadas de placer la invadieron cuando un segundo dedo la penetró mientras la otra mano acudía a los pechos y apretaba uno de los pezones con el pulgar y el índice.


Lony deslizó las manos acariciándole la espalda hasta llegar a la cintura. Las pasó hacia delante y acunó la polla con ellas. Aidan gruñó y se estremeció mientras ella empezaba a acariciar la dolorida longitud.


—Dios, nena—, dijo dentro de su boca sin romper el beso. Ella se rio—. Córrete para mí, nena.


Aidan introdujo otro dedo mientras con el pulgar le acariciaba el preciado botón. Ella estalló, gritando contra su boca, temblándole todo el cuerpo con el fuego del orgasmo. Oleada tras oleada de placer pasaron por ella llevándola hasta la luna ida y vuelta. Cuando su cuerpo se relajó, Aidan la acunó contra su pecho rodeándola con sus brazos. Temblaba, y el dolor que sentía en los testículos lo obligó a apretar la mandíbula con fuerza para no soltar un quejido lastimero.


—Eso ha sido... uau—, dijo Lony en un murmullo. Aidan se rio, su pecho vibrando contra su arrebolada mejilla.


—Aún no hemos terminado, nena—, le dijo con voz ronca—. Ahora me toca a mí.


—Dios, sí.


—Date la vuelta, cariño. Déjame follarte por detrás.


Lony no se hizo de rogar. Sus huesos se habían derretido y sus músculos apenas respondían, pero encontró la energía suficiente para girarse y ponerse con el vientre sobre la roca. Aidan gimió al ver su fantástico culo, hermoso y redondo como la luna llena. Lo acarició con las manos mientras dejaba un camino de besos por su espalda hasta llegar a la nuca y perderse entre la espesa melena negra. Lony corcoveó, frotándose contra la erección de Aidan. Él gruñó y gimió, las dos cosas al mismo tiempo, y sin poder esperar más, la empaló de un solo golpe.


Lony gritó cuando sintió la dura polla de Aidan penetrar en su cuerpo. El estrecho coño a duras penas podía aceptarlo, era tan grande y estaba tan dura... Aidan empujó hasta enterrarse totalmente. Ella volvió a gritar y se quedó quieto, momentáneamente asustado.


—¿Te estoy haciendo daño?— jadeó preocupado. Lony negó con la cabeza, sacudiendo la hermosa melena, y Aidan sonrió aliviado. Jamás se perdonaría si le provocaba algún tipo de dolor.


Empezó a moverse, bombeando dentro de ella, empujando fuerte y duro mientras la tenía inmovilizada por las caderas, penetrándola hasta el fondo una y otra vez, haciendo que sus testículos chocaran contra las nalgas mientras ella lo provocaba llevando el culo a su encuentro cada vez que él se retiraba para volver a embestirla.


—Chica traviesa— susurró Aidan soltando una risita. Dejó caer su cuerpo sobre la espalda de ella, aplastándola con su peso para que no pudiera moverse. Le cogió las manos y se las sujetó a los lados, por encima de su cabeza. Ella quedó totalmente a su merced, inmovilizada y vulnerable a sus deseos.


Aidan empezó a mordisquearle una oreja mientras seguía con sus empujes. Ella gemía, gritaba pidiendo más y él gruñía y jadeaba, satisfecho por la forma en que respondía a sus caricias. Sus pelotas ardían y el fuego de la ingle aumentó cada vez más hasta que estalló y empezó a estremecerse con las convulsiones del orgasmo. Los gritos de ambos resonaron en el silencio de la noche mientras llegaban juntos al clímax. 


Minutos después, cuando sus respiraciones se habían normalizado, Aidan se levantó y la ayudó a incorporarse. Ella estaba llorando.


—Dios, nena, ¿te hice daño?— preguntó completamente devastado por la posibilidad—. Lo siento, soy un bruto, yo...


Ella negó con la cabeza y le abrazó por la cintura, apretándolo contra sí.


—Ha sido maravilloso. Lloro de felicidad, Aidan. Eres maravilloso.


Él la rodeó con los brazos, acunando su cabeza bajo la barbilla.


—Tengo que llevarte a casa, Lony. Tu madre se preocupará si tardamos más.


Ella se separó de Aidan y salió del estanque, transformándose por el camino y echó a correr. Aidan fue tras ella.










A la mañana siguiente, Lony se levantó dolorida y con el corazón asustado. ¿Qué pasaría ahora? ¿Qué haría Aidan? Debería haberle dicho lo que sentía antes de entregarse a él para que comprendiera por qué lo hacía. O debería haberle dicho «te quiero» mientras hacían el amor. Pero para él no había sido eso, ¿no? Había usado la palabra «follar». Eso había sido, una más, como cualquier otra hembra de la manada. ¿Cómo iba a mirarlo a la cara ahora, después de lo que habían compartido? Para ella había significado un mundo y para él no había sido otra cosa que una «follada». Casi sintió ganas de llorar. Otra vez. 


Por eso había derramado lágrimas la noche anterior pero no se había atrevido a decirle nada. Hubiera sido como estropear un momento casi perfecto. ¿Y si hubiese acabado enfadado con ella? Era el hijo del Alfa de la manada, apuesto y cautivante como hombre, fantástico como pantera. Sus líneas angulosas le habían robado el corazón desde el primer momento en que bajó del autobús y lo vio allí de pie, esperándolas. Había luchado contra ese sentimiento, sabiendo que era una mestiza, poco más que nada dentro de la manada, una recogida. Pero él sería algún día el jefe porque estaba segura que se ganaría el respeto de los demás machos cuando fuera el momento. Era fuerte, rápido, inteligente... magnífico. Y su reina debería ser una mujer pantera de pura raza que pudiera darle hijos fuertes y magníficos como él. Ella no entraba en esa categoría.


Después de ducharse y vestirse, bajó a la cocina. Era ya media mañana y su madre se habría ido al trabajo. Se paró un momento ante la fotografía de su padre y le dio los buenos días como siempre, poniendo un beso sobre el cristal. Lo echaba tanto de menos...


Si por lo menos Aidan la amara como ella a él. Cuando la noche anterior le pidió que se girara para tomarla por detrás, por un momento pensó que la marcaría como suya y su corazón se aceleró ante la idea. Pero no lo hizo. Sólo la «folló». Y la hizo llegar a la luna de nuevo.


Salió al porche y se sentó en el balancín. Tenía que empezar con las tareas domésticas en seguida para que todo estuviese terminado cuando su madre regresara del trabajo, pero necesitaba tomarse unos momentos. Tenía que recuperar el control, quitarse estas angustiosas ganas de llorar de encima, recuperar la sensatez. 


Las lágrimas empezaron a manar sin que se diera cuenta hasta que su garganta se cerró en un sollozo. Se cubrió la cara con las manos y dejó que fluyeran libremente. Dios, ¿qué había hecho? ¿Cómo podría volver a salir con él a la noche de nuevo? Ahora tenía el corazón roto, pero si dejaba que lo de anoche volviese a suceder, acabaría destrozado, hecho añicos. Tenía que irse de aquí. Al fin y al cabo habían vivido sin manada durante mucho tiempo porque sus relaciones con la de Nueva York eran prácticamente inexistentes. Nunca les importó porque entonces se tenían los unos a los otros, los tres; formaban una familia y se amaban intensamente. «Dios, papá, cuánto te extraño». Si él estuviera aquí ahora, la abrazaría y pondría su cara de malo mientras le decía: «¿Quién ha hecho daño a mi niña? Dímelo para que pueda morderle en el culo hasta que grite pidiendo piedad». Entonces ella se reiría y las lágrimas dejarían de manar de sus ojos. Pero ya no estaba aquí. Se había ido para siempre y jamás volvería a verle.


Su llanto arreció. Casi era como si no pudiera parar. Todo el dolor acumulado en los últimos meses desde su muerte se liberó de golpe, fluyendo a través de los ojos. Tanto dolor en su corazón. Tanta rabia no expresada. Tanta frustración. Tanto miedo.


—Nena, ¿qué ocurre?


La voz de Aidan parecía rota. Ella levantó la vista y le vio allí, a los pies de los escalones que llevaban al porche, mirándola con pesar.


—Nena, por favor, me estás rompiendo el corazón. ¿Ha pasado algo? ¿Tu madre está bien?


Ella asintió con la cabeza mientras se enjuagaba las lágrimas con la manga de la blusa.


—¿Por qué lloras entonces? ¿Es... por mi culpa?— preguntó, indeciso—. Si hice algo ayer que haya causado esto, dímelo, por favor, y te prometo que no volverá a ocurrir.


¿Qué hacer? ¿Confesaba sus sentimientos? ¿Le decía que se había convertido en todo su mundo? ¿Y si eso lo asustaba? ¿Y si hacía que se apartara? Sacudió la cabeza intentando poner orden en sus pensamientos, y se frotó la frente como si así pudiese ahuyentar el dolor que sentía.


—Lo que hicimos anoche, ¿qué fue para ti?— preguntó en un susurro tembloroso, apartando la mirada. No quería verle los ojos, no quería ver su expresión. En realidad, tenía ganas de salir corriendo, huir lejos de allí. Pero se quedó y esperó.


Aidan dudó. Parecía tan desolada y se la veía tan rota. Anoche, cuando la dejó, vio en sus ojos el germen de esto. Por eso había estado toda la mañana esperando al lado del camino, observando la casa, hasta verla salir. Para asegurarse que estaba bien. Se hubiera ido si ella no hubiera empezado a llorar de una manera que le apretó el corazón en el pecho y se le cerró la garganta.


Aidan no contestaba y sus peores temores empezaron a confirmarse. Sintió su corazón partirse en pedazos.


—Para ti no significó nada, ya lo veo—, susurró con voz cansada recogiendo el poco orgullo que le quedaba mientras levantaba la cabeza y le miraba a los ojos—. Fui... otra más en tu larga lista.


El corazón de Aidan saltó en su pecho. ¿Era eso? ¿De eso se trataba? ¿Ella... le quería?


—No eres una más, eso nunca. Tú no—. Subió los escalones del porche y caminó hasta quedar frente a ella. Se arrodilló a sus pies y la miró a los ojos—. Eres mi alma y mi luz, el aire que respiro desde que te vi bajar del autobús que te trajo aquí desde Nueva York.


—Pero anoche no me hiciste el amor. Anoche me follaste. ¿Fue eso para ti? ¿Una simple follada?— escupió con rabia. No sabía por qué, pero el dolor se estaba transformando en ira. Estaba tan cansada de sufrir, tan agotada de ser rechazada, tan consumida por el dolor de no tener a nadie que la amara como su padre había amado a su madre. 


La palabra lanzada con tanta ira se estrelló sobre el rostro de Aidan. ¿Cómo había podido ser tan idiota? La había tratado como si fuera una más. ¿Cómo podía extrañarse que hoy estuviera asustada y dolida? Y ahora esperaba ser rechazada como lo había sido por la manada que debería haber cuidado de ella y de su madre.


—Pégame —le dijo con convicción.


—¿Qué?


—Dame una bofetada.


—Aidan...


—Me la merezco, por idiota y por estúpido. Por cobarde. Por no atreverme anoche a decirte lo que siento por ti.


Ella le miró con ojos esperanzados, acunándole las mejillas con las manos.


—¿Y qué es exactamente lo que sientes por mí?


Aidan la miró intensamente a los ojos durante un instante. Después bajó la mirada hacia su regazo, donde las manos de ella se revolvían inquietas. Las tomó entre las suyas y las entrelazó, acariciándolas con los pulgares mientras intentaba buscar las palabras que pudieran contestar con exactitud a su pregunta.


—Cuando te miro, siento lo mismo que el bosque cuando llega el amanecer y ve asomar el sol por el horizonte. Lo mismo que la tierra seca cuando las primeras gotas de lluvia la acarician. —Alzó los ojos de nuevo y la miró con intensidad—. Cuando te veo, me tiemblan las piernas y las manos, y me siento vulnerable porque eres la única persona que puede destrozarme con una sola palabra. —Respiró profundamente y tragó saliva, buscando en su interior el valor para seguir hablando—. Cuando miro hacia el futuro, este no tiene ningún sentido si no estás a mi lado. —Le apretó las manos en un acto reflejo, buscando de forma inconsciente una respuesta a la pregunta que aún no había formulado—. Quiero correr por el bosque, contigo a mi lado, bajo la luz de la luna, el resto de mi vida. Lony, ¿quieres casarte conmigo?


Ella lo miró sin atreverse a creer lo que había oído. Los ojos de Aidan estaban llenos de miedo e incertidumbre. Él tenía miedo. Miedo a que ella le rechazara, a que le dijese que no. Lony sonrió antes de acercar su rostro al de él y posar sus labios en un dulce beso.


—Sí Aidan, quiero ser tu esposa.


Él sonrió mostrando los blancos dientes. Se levantó llevándola con él, rodeándola con los brazos y perdiéndose en su salvaje aroma a bosque y romero.


—Esta misma noche, nena, te haré mía, y todos en la manada sabrán que eres mi mujer, mi compañera, la hembra que mi corazón ha escogido para amar toda la vida. —Sonrió con un leve rastro de picardía—. Y como alguno vuelva a coquetear contigo, lo destrozaré con mis garras.


—Y como tú vuelvas a tontear con otra —replicó ella, feliz, antes de volver a besarle—, le arrancaré los ojos.






Aidan le devolvió el beso y pensó, con satisfacción, en la vida que lo esperaba al lado de su pequeña salvaje.

viernes, 10 de abril de 2015

Una de cine y televisión #4


Series, pelis, pelis, series. Me estoy poniendo al día a marchas agigantadas jajajajajajaja




Sword art online

No sé bien cómo calificar este anime, solo sé que es una paranoia que me ha enganchado muchísimo. Si eres jugador de RPG's, te tocará la fibra sensible jajajajajaja porque pensarás: «eso podría pasarme a mí». Yo lo pienso.






Hawaii five-0

5º temporada.
Esta serie da lo que ofrece, ni más ni menos. Humor, acción, personajes atractivos, paisajes idílicos, y guiones decentes de los que no te provocan ganas de arrancarte los ojos y perforarte los oídos.  Mucha conspiración interna, terroristas internacionales, cárteles de droga malos como la peste... Me entretiene, y mucho, y tienes el babeo asegurado con los protas masculinos (o las femeninas, si eres hombre).



Daisy


Demasiado lenta y poética para mi gusto, y demasiado trágica. Me aburrió un poquito. Es la primera peli coreana que veo, y no me ha dejado buen sabor de boca. Además, esa pelusilla que llevan, ¿se supone que es un bigote? (Feli, no me pegues jajajajajja).





Rurouni Kenshin: The Great Kyoto Fire Arc

Fantástica, maravillosa, absolutamente magnífica. Fiel recreación de la primera parte del enfrentamiento entre Kenshin y  Shishio. Aluciné con los vendajes de este último. Qué el actor que interpreta a Kenshin lo hace perfectamente, reproduciendo al detalle todos los movimientos, gestos, poses y expresiones del anime, ya lo sabía de la primera película. Las coreografías de las luchas, son espectaculares. Lo único que sigue sin gustarme, son las orejas de Saito.



Rurouni Kenshin: The legend ends

Apoteósica, brutal, inigualable... se me están acabando los adjetivos magnificantes para referirme a esta trilogía. Los planos, las actuaciones, la caracterización de los personajes, las coreografías de las escenas de lucha... todo, todo, es magnífico. Imprescindible si eres un friki como yo. ¡¡Y ya están en el estudio de doblaje de Media3 Estudio!!



miércoles, 1 de abril de 2015

Una de cine y televisión #3

No puedo esperar, y tengo que decirlo yaaaaaaaaaa 




The walking dead


Si el final de la mitad de temporada nos dejó KO por la muerte de... (no lo voy a decir por no hacer spoilers), el final final a mí me dejó doble KO. Ese cambio en Rick, que ya se había ido perfilando, es brutal, y la llegada a Alexandría lo hace tan patente que da miedo.
Pocas veces una serie se supera temporada tras temporada, y este, lo consigue con creces. No sé si sigue el cómic o no, (hasta hace poco ni sabía que había un cómic que era anterior a la serie de televisión), pero para mí, esta serie es de lo mejor que ha habido en televisión en muchos años.
Una frase se me ha quedado gravada del último capítulo: Rick. Hazlo.
Los que la habéis visto, sabéis a qué me refiero. Helada me quedé al ver la cero vacilación de Rick. Y me encantó, porque era un personaje cuya lucha interna ya me tenía muy cansada.





El mentalista


No me gustó el final de la anterior temporada, con esa declaración de amor apresurada de Patrick hacia Teresa. No me la creí, y no me he creído su relación a lo largo de la última temporada. Creo que perdieron mucho al meter el romance por en medio, para cerrar una serie que había sido muy buena hasta aquel momento. Los casos, sí, y las investigaciones, también, pero su relación... nop. Sorry, pero me ha parecido muy forzada. ¿Lo mejor de todo? Cho, como siempre. Deberían darle una serie propia.

domingo, 29 de marzo de 2015

Reto Goodreads 2015 | Marzo

Este mes no ha sido tan provechoso, literariamente hablando. Pocos libros en comparación con los meses anteriores, pero es que me he dedicado más al cine y a las series (tenía mono de celuloide jajajaja). Así y todo, algunas recomendaciones sí os traigo.




El ángel negro | Nieves Hidalgo


Deliciosa historia de amor y odio que se cuece a fuego lento entre una inglesa y un español. Hasta ahora no había leído nada de Nieves Hidalgo, y me ha sorprendido gratamente con su pluma fluida, su exhaustiva documentación, y una historia que me ha transportado al Caribe de los piratas como si pudiera verlo con mis propios ojos. 






La búsqueda | Melanie Alexander


Segunda parte de El grimorio de los dioses. Una aventura trepidante, llena de acción. Conocemos un poco más a sus protagonistas (Oly y Carel) y a sus secundarios. Aparecen nuevos personajes que dan muchísimo juego. He sufrido, tengo que reconocerlo, por algunas de las cosas que pasan (Mel, eres una sádica). En conjunto la historia me ha gustado, aunque como ya hizo con la primera entrega, el final es de infarto y te deja con ganas de seguir con el siguiente.






Descubriendo a Sarah | Davina LaBeouf

Una de esas historias que leo por recomendación, sin esperar mucho, y que son toda una sorpresa. No puedo negar que Davina LaBeouf me ha encandilado con su historia tremendamente provocadora. Me gusta la erótica, pero estaba ya muy cansada de leer siempre la misma historia pero con otros nombres. Descubriendo a Sarah no tiene nada que ver con algo escrito hasta ahora. Davina tiene una pluma transgresora y falta de contención que estoy segura que dará mucho que hablar en el futuro. ¡Yo lo espero!





domingo, 22 de marzo de 2015

Una de cine, y televisión #2

Lo que da de sí el tiempo cuando no te obligas a seguir una rutina de escritura. Terminando este segundo mes de vacaciones literarias, he podido ver unas cuantas pelis que tenía pendientes, y ver series, que tenía un mono tremendo por seguir algunas que tenía empezadas, y empezar algunas que me habían recomendado.
Pero hoy voy a hablar solo de algunas de ellas...






Capitán Harlock


Decir que esta peli es brutal, es decir poco, y lo es en todos los sentidos. Un guión magnífico, plagado de giros argumentales, sorpresas, suspense, aventuras, acción... Y visualmente es LA PERA. Animación  3 D tan real que yo he flipado en colores. Decir espectacular es quedarse corto. LA HE DISFRUTADO COMO UNA ENANA. Y no tiene nada que ver que ya fuera fan del anime de finales de los 70, porque la peli es completamente independiente. La recomiendo sí o sí.






El ministerio del tiempo


Tenía que hablar de ella, faltaría más. Una serie que ha roto esquemas por lo bien hecha que está, algo a lo que los españoles no estamos acostumbrados en la producción propia. Ha convertido en trendic topic (¿se dice así?) a ¡¡Lope de Vega!! Todo un hito, teniendo en cuenta que los clásicos españoles se han convertido en unos auténticos desconocidos para nuestros escolares. Una serie que aúna calidad, buenos guiones, chascarrillos inteligentes, personajes coherentes con personalidades arrolladoras (me declaro fan fan fan de los tres principales, sobre todo de Alonso de Entrerríos), una documentación exhaustiva, interpretaciones magistrales... Es una serie que no parece española de tan buena que es. Por eso os digo: dejaos de gilipolleces varias (léase aquí la contra programación de las cadenas rivales, que ya han desplegado como armas de destrucción masiva sus mejores programas para joderla) y gritad conmigo: YO SOY MINISTÉRICO. 
(Señores de Televisión Española, queremos segunda temporada, o les enviaremos a Spinola. Ustedes mismos).







Maléfica

Uy, uy, uy, lo que disfruté con esta película. Ver la otra cara de la historia de la bella durmiente, la parte oscura, me hizo disfrutar como una enana. Siempre me había gustado este personaje, y me había preguntado qué la había llevado a ser cómo era... y aquí está, como si Disney se hubiera enterado y hubiese decidido complacerme. Angelina Jolie está magnífica.





Person of interest


Me ha molado esta serie desde el principio, y van ya por la cuarta temporada. Cada vez más interesante, más conspiranoica, más enrevesada... y yo más feliz.  Y no tiene absolutamente nada que ver que el protagonista esté de rechupete. En serio. Os lo juro por Snoopy.




La chica que saltaba a través del tiempo


Makoto, la protagonista, descubre que puede saltar a través del tiempo para cambiar sus meteduras de pata, pero descubre que no siempre esos cambios son para mejor. Una película con toques de ciencia ficción y romance, tierna y maravillosa, con la que me he reído en muchos momentos, y he soltado la lagrimita en otros. Es preciosa, y la recomiendo sin lugar a dudas.


domingo, 15 de marzo de 2015


viernes, 13 de marzo de 2015